Entre el Perú y Chile: la cuestión de Tacna y Arica (Enrique Castro y Oyanguren) - pág.47
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espectáculo diario de que son víctimas los peruanos. Modestos comerciantes
han visto desbaratarse en un día la obra acumulada en largos años de
ahorro y de trabajo. Un niño de diez años que presenció la irrupción de su
hogar, enloqueció de terror y llegó al Callao con todos los estigmas de su
terrible mal. El éxodo de esos desgraciados continúa todavía, porque hasta
ahora no se sacia la crueldad de sus perseguidores. Todo esto se ha
consumado, no en las selvas de África, sino en un país culto de América,
en pleno siglo XX, cuando aparecían triunfantes en los campos de batalla
las doctrinas humanitarias del presidente Wilson. Al comentar estos
horrores, habría que repetir las del insigne biógrafo del infortunado
príncipe de Viana, cuando dice que «no pudiendo contenerse en la
indiferencia histórica, la pluma se baña en lágrimas y el estilo se tiñe
con los colores que le prestan la indignación y el dolor».
El ministro norteamericano en Lima Sr. MacMillin, dentro de la
reserva de su carácter diplomático, declaró en una encuesta solicitada por
«El Comercio», lo siguiente: «Cualquier Gobierno, de cualquier parte del
mundo, que intente imponer sobre sus [64] vecinos la justicia y perpetuar
sobre ellos los atropellos cometidos, experimentará inmensas dificultades
para llevar a cabo su programa, según lo expuesto por el Presidente
Wilson». La alusión era clara, y bien la entendieron en Chile. El señor
Walker Martínez, paladín esforzado del nacionalismo más intransigente,
trató de rebatir estas doctrinas, y más de una vez ha censurado a los
peruanos porque contribuimos, según él, con nuestra propaganda en favor de
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