David Copperfield (Charles Dickens) - pág.380
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Era un hombre grueso, de sesenta años, de expresión dulce y benévola, que tomaba tal cantidad de tabaco, que entre nosotros se decía que aquel estimulante era su principal alimento, puesto que después no le quedaba sitio en todo su cuerpo para ninguna otra cosa.
-¿Supongo que habrá usted hablado de ello a míster Spenlow? -dijo míster Jorkins después de haberme escuchado hasta el fin con algo de impaciencia.
-Sí, señor; es él quien me ha sugerido su nombre.
-¿Le ha dicho que yo pondría inconvenientes? -preguntó míster Jorkins.
Tuve que admitir que a míster Spenlow le parecía muy verosímil.
-Lo siento mucho, míster Copperfield -dijo míster Jorkins muy confuso-, pero no puedo hacer nada por usted. El caso es... Pero tengo una cita en el banco. Si usted me permite.
Y diciendo esto se levantó precipitadamente, a iba a abandonar la habitación, cuando me atreví a decirle que temía que no hubiera medio de arreglar el asunto.
-No -dijo míster Jorkins deteniéndose en la puerta para mover la cabeza-; hay inconvenientes, ¿sabe usted?
Continuó hablando muy deprisa. Después salió.
-Comprenda usted, míster Copperfield -dijo volviendo a entrar muy inquieto-, que si míster Spenlow ve inconvenientes...
-Personalmente no, señor.
-¡Oh, personalmente! -repitió míster Jorkins con impaciencia-. Le aseguro que tiene inconvenientes, míster Copperfield, insuperables. Lo que usted desea es imposible... Pero tengo una cita en el banco...
Y se escapó corriendo. Según he sabido después, pasó tres días sin reaparecer por su despacho.
Estaba decidido a mover tierra y cielo si era necesario. Esperé, por lo tanto, el regreso de míster Spenlow para contarle mi entrevista con su asociado, dándole a entender que tenía algunas esperanzas de que fuera posible dulcificar al inflexible Jorkins si se proponía hacerlo.
-Copperfield -me contestó míster Spenlow con una sonrisa sagaz-, usted no conoce a mi asociado míster Jorkins desde hace tanto tiempo como yo. Nada más lejos de mi espíritu que suponer a Jorkins capaz de hipocresía; pero Jorkins tiene una manera de presentar sus objeciones que muy a menudo engaña a las gentes. No, Copperfield; créame -dijo moviendo la cabeza-; no hay manera de conmover a míster Jorkins.
Yo empezaba a no saber demasiado cuál de los dos, si míster Spenlow o míster Jorkins, era realmente el asociado de quien provenían los inconvenientes; pero veía con claridad que en uno o en otro había una fuerza invencible y que no había que contar, ni mucho menos, con el reembolso de las mil libras de mi tía. Dejé las oficinas en un estado de depresión que no recuerdo sin remordimientos, pues sé que era el egoísmo (el egoísmo de los dos, Dora) el que lo formaba, y me volví a casa.
Trataba de familiarizar mi espíritu con lo peor que pudiera suceder a intentaba imaginar las determinaciones que tendríamos que tomar si el porvenir se nos presentaba bajo los colores más sombríos, cuando un coche que me seguía se detuvo a mi lado, haciéndome levantar los ojos. Por la portezuela me tendían una mano blanca, y vi la sonrisa del rostro que nunca había visto sin experimentar un sentimiento de reposo y de felicidad desde el día que lo había contemplado en la antigua escalera de madera y que había asociado en mi espíritu su belleza serena con el suave colorido de la vidriera de la iglesia.
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