David Copperfield (Charles Dickens) - pág.376
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-Querida tía -le contesté-, nadie puede hacerse idea de lo que es.
-¡Ah! ¿No es demasiado tonta? -dijo mi tía.
-¿Tonta, tía mía?
Creo seriamente que nunca se me había ocurrido preguntarme si lo era o no. Aquella suposición me ofendió, naturalmente, pero me sorprendió como una idea completamente nueva.
-Según eso ¿no será un poco frívola? -dijo mi tía.
-¿Frívola, tía? -Me limité a repetir aquella pregunta atrevida con el mismo sentimiento que había repetido la primera.
-¡Está bien, está bien! -dijo mi tía-. Quería únicamente saberlo; no hablo mal de ella. ¡Pobres chicos! Y os creéis hechos el uno para el otro y os véis ya atravesando una vida llena de dulzuras y de confites, como las dos figuritas de azúcar que adoman la tarta de la recién casada en una comida de bodas, ¿no es verdad, Trot?
Hablaba con tal bondad y dulzura, casi de broma, que me conmovió.
-Ya sé que somos muy jóvenes y sin experiencia, tía -contesté-, y que no diremos y haremos cosas nada razonables; pero estoy seguro de que nos queremos de verdad. Si creyera que Dora podía querer a otro o dejar de quererme, o que yo pudiera amar a otra mujer o dejar de quererla, no sé lo que haría..., creo que me volvería loco.
-¡Ah, Trot! -dijo mi tía sacudiendo la cabeza y sonriendo tristemente-. ¡Ciego, ciego, ciego! Alguien que yo conozco, Trot -añadió mi tía después de un momento de silencio-, a pesar de su dulzura de carácter posee una viveza de afectos que me recuerda a un bebé. Ese alguien debe buscar un apoyo fiel y seguro, que pueda sostenerle y ayudarle; un carácter serio, sincero, constante.
-¡Si supiera usted la constancia y la sinceridad de Dora, tía mía! -exclamé.
-¡Ay, Trot! -repitió ella-. ¡Ciego, ciego! -y sin saber por qué me pareció vagamente que perdía en aquel momento algo, alguna promesa de felicidad que se escapaba y escondía a mis ojos tras una nube.
-Sin embargo -dijo mi tía-, no quiero desesperar ni hacer desgraciados a estos dos niños; así, aunque sea una pasión de niño y niña, y aunque esas pasiones muy a menudo..., fíjate bien, no digo siempre, pero muy a menudo, no conducen a nada, sin embargo, no lo tomaremos a broma, hablaremos seriamente y esperaremos que termine bien cualquier día. Tenemos tiempo.
No era una perspectiva muy consoladora para un amante apasionado, pero estaba encantado de que mi tía conociera el secreto. Recordando que debía de estar cansada, le agradecí tiernamente aquella prueba de su afecto, y después de despedirme de ella con ternura, mi tía y su cofia de dormir fueron a tomar posesión de mi alcoba.
¡Qué desgraciado fui aquella noche en mi cama! Mis pensamientos no podían apartarse del efecto que haría en míster Spenlow la noticia de mi pobreza, pues ya no era lo que creía ser cuando había pedido la mano de Dora, y además me decía que honradamente debía decir a Dora mi situación y devolverle su palabra si lo quería así.
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