El dilema de Hamlet (Jose Carlos Canalda) - pág.38
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violan los derechos de ninguna persona. Tan sólo se trata de la libertad de
elección de la que todos gozamos.
- Exacto. Ahí era exactamente a donde quería llegar yo, y me alegro que haya
sido usted quien me haya dado la respuesta. Si no disfrutáramos de ese libre
albedrío al que ha hecho usted alusión, nuestra existencia sería particularmente
incómoda cuando no decididamente estúpida... Pero pasemos al caso de los robots.
Puede que en general importe muy poco, o nada, que éstos puedan estar
insatisfechos por las enormes limitaciones que les hemos inculcado en sus
cerebros con la excusa del acatamiento por su parte de las Tres Leyes de la
Robótica; pero lo que sí tendría que preocupar a cualquiera que contara con un
poco de sentido común es que, como consecuencia de estas cortapisas, el
rendimiento que obtenemos de los mismos es muy inferior al que teóricamente se
habría podido alcanzar de dejar más libres sus mentes.
»Y aquí precisamente es donde radica el problema: La rigidez de las Tres Leyes
tradicionales hace que los robots estén completamente limitados en su potencial
de trabajo. Evitar, o minimizar al menos esta infrautilización fue la idea que
desencadenó el desarrollo del Proyecto Hamlet, y me honra decir que desde este
punto de vista fue un auténtico éxito. Claro está que todo beneficio ha de tener
siempre su contrapartida, y este caso no ha sido en modo alguno una excepción:
Si queríamos robots más flexibles, más humanos en definitiva, robots capaces de
desempeñar tareas que hasta ahora habían tenido vedadas, por fuerza tendríamos
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