El dilema de Hamlet (Jose Carlos Canalda) - pág.32
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en Hamlet-0 la misma situación que había llevado a Hamlet-1 al asesinato primero
y a la autodestrucción después, aunque claro está que, para que resultara
efectivo, debería evitar que el cerebro positrónico del mismo sufriera los daños
irreversibles que habían provocado la pérdida del cerebro del prototipo. La
cuestión era sumamente delicada y sólo podría ser llevada a cabo con éxito por
un robopsicólogo de la talla de Susan Calvin, y aun así las posibilidades de
fracasar eran lo suficientemente elevadas como para hacer que la robopsicólogo
se sintiera bañada en un sudor frío a pesar de la excelente climatización del
laboratorio.
Por fortuna, las serias limitaciones físicas del cerebro positrónico de Hamlet-0
habían resultado ser una bendición, ya que si conseguía convencerlo de que,
dijera lo que dijera, se trataría de una pura elucubración teórica sin
posibilidad alguna de materialización práctica, quizá lograra evitar que éste
entrara en conflicto con alguna de las Tres Leyes, como presumiblemente habría
ocurrido con un cerebro normal. Se trataba, en definitiva, del viejo vicio
humano que consistía en pontificar sobre temas en los que no se tenía la menor
capacidad de decisión.
- Hamlet, escucha, ahí va la primera pregunta. - al teclear esta frase Susan
Calvin descubrió con desasosiego que le temblaban las manos - Por mucho que
reforzaras el potencial de la Segunda o la Tercera Ley, ¿podrías en algún caso
eludir la Primera?
- POR SUPUESTO QUE NO, DOCTORA. - fue la rápida respuesta del robot - AUNQUE EN
MI CASO PARTICULAR EL RANGO DE VARIACIÓN DEL POTENCIAL DE LAS TRES LEYES ES MUY
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