David Copperfield (Charles Dickens) - pág.375
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-Ta, ta, ta, hijo mío; si no nos sucede nada peor que beber cerveza, no nos podremos quejar.
-Le aseguro, tía, que no se trata de mí; estoy muy lejos de decir lo contrario.
-Pues bien; entonces, ¿por qué no es esa tu opinión?
-Porque usted y yo somos diferentes -contesté.
-Vamos, Trot, qué locura -replicó ella.
Mi tía continuó con una satisfacción tranquila y nada afectada, lo aseguro, bebiendo su cerveza caliente a cucharaditas y mojando los picatostes.
-Trot -me dijo-, por lo general no me gustan las caras nuevas; pero tu Barkis no me disgusta, ¿sabes?
-Si me hubieran dado cien libras, tía, no me hubiera alegrado tanto; y soy feliz viendo que la aprecia usted.
-Es un mundo muy extraordinario este en que vivimos -repuso mi tía frotándose la nariz-; no puedo explicarme dónde ha ido esta mujer a buscar un nombre semejante. Dime si no sería mucho más fácil nacer Jackson o cualquier cosa menos eso.
-Quizá ella misma piense eso, tía; pero no es suya la culpa.
-Claro que no -contestó mi tía, un poco contrariada por tener que confesarlo-; pero no por eso es menos desesperante. En fin, ahora se llama Barkis, y es un consuelo. Barkis te quiere con todo su corazón, Trot.
-No hay nada en el mundo que no estuviera dispuesta a hacer para demostrármelo.
-Nada, es verdad, lo creo -dijo mi tía-. ¿Querrás creer que la pobre loca estaba hace un momento pidiéndome con las manos juntas que aceptara parte de su dinero, porque tenía demasiado? ¡Será idiota!
Las lágrimas de mi tía caían en su cerveza.
-Nunca he visto a nadie tan ridículo -añadió-. Desde el primer momento que la vi al lado de tu madrecita adiviné que debía de ser la criatura más ridícula del mundo; pero tiene buenas cualidades.
Mi tía hizo como que se reía, y aprovechó la ocasión para llevar la mano a sus ojos; después siguió comiendo sus tostadas y hablando al mismo tiempo.
-¡Ay! ¡Misericordia! -dijo mi tía suspirando- Sé todo lo que ha pasado, Trot. He tenido una larga conversación con Barkis mientras tú habías salido con Dick. Sé todo lo que ha pasado. Por mi parte, no comprendo lo que esas miserables chicas tienen en la cabeza; y me pregunto cómo no prefieren ir a rompérsela contra... contra una chimenea -dijo mi tía mirando a la mía, que fue probablemente la que le sugirió la idea.
-¡Pobre Emily! -dije.
-¡Oh! No digas pobre Emily -replicó mi tía-; hubiera debido pensar en toda la pena que causaba. Dame un beso, Trot; siento mucho que tan joven tengas ya una experiencia tan triste en tu vida.
En el momento en que me inclinaba hacia ella, dejó su vaso en mis rodillas, para detenerme, y dijo:
-¡Oh! ¡Trot, Trot! ¿Te figuras que estás enamorado, no?
-¿Cómo que me figuro, tía? -exclamé enrojeciendo. La adoro con toda mi alma.
-¿A Dora? ¿De verdad? -replicó mi tía-. Y estoy segura de que te parece esa criaturita muy seductora.
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