El dilema de Hamlet (Jose Carlos Canalda) - pág.31
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Eso es lo que le sucedió a tu pobre hermano, - Susan Calvin había
informado previamente al robot del incidente - y es lo que no quiero que te
ocurra a ti. Ten muy en cuenta que, debido a tus limitaciones - había pensado
decir "desgracia", pero se contuvo - careces por completo de la posibilidad de
llevar a cabo tus decisiones. Tan sólo puedes pensar y comunicarme a mí tus
pensamientos; por esta razón, nada de lo que digas podrá jamás causar el menor
daño a nadie. Por lo tanto, no tiene por qué surgir el menor conflicto en tu
cerebro, ni tienes por qué bloquearte por mucho que en un momento dado vinieras
a tropezar con cualquiera de las Tres Leyes. Eres completamente libre, pues, de
pensar y decir cualquier cosa que quieras. ¿Lo entiendes?
- PERFECTAMENTE, DOCTORA.
- Aún más. - remachó - Si tu cerebro resultara dañado de alguna forma, sería
entonces cuando sí causarías unos problemas sumamente graves a muchas personas.
Por ello, es fundamental que reflexiones antes de responder a todas mis
preguntas sin inhibiciones de ningún tipo.
Lo que acababa de decir Susan Calvin era completamente cierto: De cómo
respondiera el robot a sus preguntas dependería el futuro del proyecto Hamlet y
también, en buena medida, la carrera profesional de sus integrantes. Susan
Calvin no había mentido, pues, al robot, aunque sí había intentado reforzar sus
mecanismos de autodefensa (es decir, el equivalente al instinto de conservación
humano) para evitar que éste se sintiera perturbado como lo fue el de Hamlet-1.
Para culminar con éxito su investigación la robopsicólogo necesitaba reproducir
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