David Copperfield (Charles Dickens) - pág.374
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Estuvo de acuerdo conmigo al momento y me suplicó que, en el caso en que le viera apartarse un paso del buen camino, que le atrajera a él por alguno de los medios ingeniosos que yo siempre tenía a mano. Pero siento decir que le había asustado demasiado para que pudiera ocultar su temor. Toda la noche estuvo mirando sin cesar a mi tía con una expresión de la más penosa inquietud, como si se esperase verla adelgazar de repente. Cuando se daba cuenta hacía esfuerzos inauditos para no mover la cabeza; pero por muy inmóvil que la tuviera volvía los ojos, lo que era casi peor. Le vi mirar durante la comida el panecillo que había encima de la mesa como si no quedara más que aquello entre nosotros y el hambre. Y cuando mi tía insistió para que comiera como de costumbre, me di cuenta de que se guardaba en el bolsillo pedazos de pan y de queso, sin duda para proporcionarse con aquellas economías el medio de volvemos a la vida cuando estuviéramos extenuados por el hambre.
Mi tía, por el contrario, estaba tranquila y podía servimos de ejemplo a todos, a mí el primero. Estaba amable con Peggotty, excepto cuando la llamaba así por distracción, y parecía encontrarse completamente a sus anchas a pesar de su conocida repugnancia por Londres. Ella se acostaría en mi cama y yo en el gabinete, sirviéndole de cuerpo de guardia. Insistió mucho sobre las ventajas de estar tan cerca del río, para caso de incendio, y yo creo que verdaderamente le producía satisfacción aquella circunstancia.
-No, Trot; no, hijo mío -me dijo mi tía cuando me vio hacer los preparativos para componer su brebaje de la noche.
-¿No lo quiere usted, tía?
-Vino no, hijo mío; cerveza.
-Pero tengo vino, y lo que usted toma siempre es vino.
-Guarda el vino para el caso en que haya algún enfermo -me dijo-; no hay que malgastarlo. Trot, dame cerveza; media botella.
Creí que míster Dick iba a desmayarse. Mi tía persistía en su negativa, y tuve que salir para buscar yo mismo la cerveza. Como se hacía tarde, míster Dick y Peggotty aprovecharon la ocasión para tomar juntos el camino de la tienda de velas. Me despedí del pobre hombre en la esquina, y se alejó con su gran cometa a la espalda y llevando en su rostro la verdadera imagen de la miseria humana.
A mi regreso encontré a mi tía paseándose de arriba abajo por la habitación y plegando con sus dedos los adornos de su cofia de dormir. Le calenté la cerveza y tosté el pan según los principios establecidos, y cuando la bebida estuvo preparada, mi tía también lo estaba con la cofia en la cabeza, la falda un poco remangada y las manos sobre las rodillas.
-Querido mío -me dijo después de tomar una cucharadita del líquido-, es mucho mejor que el vino, y además menos bilioso.
Supongo que no debía de parecer muy convencido, pues añadió:
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