El dilema de Hamlet (Jose Carlos Canalda) - pág.18
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excesivo, lo cierto era que se hubiera visto con alivio, si no con agrado, su
marcha.
Su único valedor había sido el propio Antonio Jiménez, que era quien
acostumbraba a aplacar a sus irritados compañeros cada vez que éstos le
expresaban sus quejas por alguno de los frecuentes incidentes provocados por
Schwartz. Sin embargo, y a pesar de que Jiménez le defendía a capa y espada, no
por ello mantenían buenas relaciones entre ambos, ya que la repulsa mutua era
más que evidente y en nada difería de la que pudiera existir entre Schwartz y
cualquier otro integrante del grupo.
La razón que pudiera justificar esta extraña relación entre los dos ingenieros
era algo que a Susan Calvin se le escapaba por completo, pero de lo que sí
estaba segura era de que, desaparecido el eslabón inicial, el que continuaba la
cadena era precisamente el ingeniero jefe. Y aunque ni Susan Calvin era
psicólogo ni jamás había pretendido serlo, los descartes previos le obligaron a
mantener una entrevista con el propio Antonio Jiménez.
Esto no resultaría fácil ya que Jiménez era víctima de una seria depresión
nerviosa; pero Susan Calvin necesitaba hablar urgentemente con él, y pocas cosas
había en el mundo capaces de detenerla cuando se lo proponía. Por ello, y tras
mantener una agria disputa con los médicos que cuidaban de él, la robopsicólogo
consiguió entrevistarse finalmente con el ingeniero.
IV
Antonio Jiménez era la imagen viva del fracaso, y hasta un espíritu tan curtido
como era el de Susan Calvin no pudo evitar un sentimiento de conmiseración hacia
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