El dilema de Hamlet (Jose Carlos Canalda) - pág.13
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una calabaza madura. A escasa distancia de él se encontraba el cuerpo inmóvil de
Hamlet-1 con el puño derecho ensangrentado y el cerebro positrónico
irreversiblemente destruido.
La reconstrucción de los hechos resultó sencilla: Albert Schwartz, provisto de
una copia clandestina de la llave de la habitación, había penetrado en ésta con
intenciones desconocidas pero en todo caso sospechosas, puesto que estaba
terminantemente prohibido hacerlo a cualquiera que no fuera la propia Susan
Calvin. Cómo había conseguido una copia de la llave que sólo poseía la
robopsicólogo y qué había pretendido hacerle al robot eran preguntas cuyas
respuestas se había llevado Schwartz a su tumba.
Fuese lo que fuese, lo cierto era que Hamlet-1 había reaccionado de la forma más
violenta posible hundiéndole el cráneo de un certero puñetazo para, a
continuación, ser él mismo víctima de su flagrante violación de la Primera Ley.
El revuelo organizado a raíz del macabro descubrimiento fue, como cabe suponer,
mayúsculo. Jamás en los anales de U.S. Robots, que era como decir la historia de
la robótica, un robot había cometido deliberadamente un homicidio; tratándose
además de un modelo experimental en el que las Tres Leyes habían sido
modificadas, la cuestión se agravaba todavía más.
Habiendo un cadáver por medio las posibilidades de ocultar el incidente eran
evidentemente nulas; así lo entendió Alfred Lanning que, sintiendo cómo una
pesada losa estaba a punto de caer sobre su cabeza, hizo de tripas corazón
asumiendo la pesada responsabilidad de informar a las autoridades federales...
Con los desagradables resultados que habían esperado o, por hablar con mayor
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