El dilema de Hamlet (Jose Carlos Canalda) - pág.12
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Como casi siempre, tenía razón. Hamlet-1 se mostró, ya desde el principio de su
existencia, como un robot en todo similar a sus congéneres... O al menos eso les
parecía a todos excepto, claro está, a la propia Susan Calvin, la cual se
mostraba completamente entusiasmada con su trabajo.
- Hamlet - decía, omitiendo siempre el ordinal - es maravilloso. Su mente es
infinitamente más flexible, más humana que la de cualquier otro robot construido
hasta ahora. Es increíble que nunca antes nadie se hubiera planteado una
formulación de las Tres Leyes como la suya.
Claro está que todas estas apreciaciones eran producto exclusivo de las largas
conversaciones mantenidas entre la robopsicólogo y el robot, puesto que la
relación de este último con el resto de los miembros del equipo estaba limitada
al mínimo imprescindible y, por ello, no podía ser más convencional.
Poco a poco Susan Calvin fue apretándole las clavijas, como decía jocosamente
Antonio Jiménez. Evidentemente no podían someter al robot a experiencias reales
pero sí lo hicieron a simulaciones cuidadosamente diseñadas, todas las cuales
fueron resueltas con toda brillantez por Hamlet-1 a pesar de que en la misma
situación cualquier otro robot se hubiera visto, cuanto menos, seriamente
perturbado.
Todo se desarrollaba, pues, con el mayor de los éxitos cuando ocurrió la
catástrofe. Una mañana, cuando Susan Calvin abrió la puerta del pequeño cuarto
en el que se recluía al robot todas las noches, se encontró con un macabro
espectáculo: Albert Schwartz, uno de los ingenieros adscritos al proyecto, yacía
en mitad de un gran charco de sangre con la cabeza abierta en dos como si fuera
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