David Copperfield (Charles Dickens) - pág.373
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La tienda de velas se encontraba en el mercado de Hungerford, que entonces no se parecía nada a lo que es ahora, y tenía delante de la puerta un pórtico bajo, compuesto de columnas de madera, que se parecía bastante al que se veía antes en la portada de la casa del hombrecito y la mujercita de los antiguos barómetros. Aquella obra de arte de la arquitectura le gustó infinitamente a míster Dick, y el honor de habitar encima de aquellas columnas yo creo que le hubiera consolado de muchas molestias; pero como en realidad no había más objeción que hacer al alojamiento que la variedad de perfumes de que he hablado, y quizá también la falta de espacio en la habitación, quedó encantado de su alojamiento. Mistress Crupp le había declarado con indignación que no había sitio ni para hacer bailar a un gato; pero, como me decía muy justamente míster Dick sentándose a los pies de la cama y acariciando una de sus piernas:
-Usted sabe muy bien, Trotwood, que yo no necesito hacer bailar a ningún gato, que nunca he hecho bailar a ningún gato; por lo tanto, ¿a mí qué me importa?
Traté de descubrir si míster Dick tenía algún conocimiento de las causas de aquel gran y repentino cambio en los intereses de mi tía; pero, como me esperaba, no sabía nada. Todo lo que podía decirme es que mi tía le había apostrofado así la antevíspera: «Veamos, Dick, ¿es usted verdaderamente todo lo filósofo que yo creo?». «Sí», había respondido él. Entonces mi tía le había dicho: «Dick, estoy arruinada», y él había exclamado: «¡Oh! ¿De verdad?». Después mi tía le había elogiado mucho, lo que le había causado mucha alegría, y habían venido a buscarme comiendo sándwiches y bebiendo cerveza en el camino.
Míster Dick estaba tan radiante a los pies de su cama acariciándose la pierna mientras me decía todo esto, con los ojos muy abiertos y una sonrisa de sorpresa, que siento decir que me impacienté y que llegué a explicarle que quizá no sabía lo que la palabra ruina traía tras de sí de desesperación, de necesidad, de hambre; pero pronto fui cruelmente castigado por mi dureza al verle ponerse pálido y alargársele el rostro y correr lágrimas por sus mejillas, mientras me lanzaba una mirada tan desesperada, que hubiera ablandado un corazón infinitamente más duro que el mío. Me costó mucho más trabajo animarle de lo que me había costado abatirle, y comprendí enseguida que debía de haber adivinado desde el primer momento que si él había demostrado tanta confianza es porque tenía una fe inquebrantable en mi tía, en su sabiduría maravillosa y en los recursos infinitos de mis facultades intelectuales, pues creo que me creía capaz de luchar victoriosamente contra todos los infortunios que no fueran la muerte.
-¿Qué podemos hacer, Trot? -dijo míster Dick-. Está la Memoria...
-Ciertamente está la Memoria -le dije-; pero de momento la única cosa que podemos hacer, míster Dick, es serenamos y que mi tía no vea que nos preocupan sus asuntos.
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