El dilema de Hamlet (Jose Carlos Canalda) - pág.10
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nomenclatura utilizada por U.S. Robots para nombrar a sus prototipos, al
proyecto de Jiménez le correspondían las siglas HLT, que pronto algún gracioso
convertiría en Hamlet. Puesto que la figura del atormentado príncipe escandinavo
inmortalizado por Shakespeare cuadraba ciertamente con el espíritu real del
proyecto, el nombre sería rápidamente adoptado como denominación, si no oficial
sí cuanto menos oficiosa, de los nuevos prototipos de robots que habrían de
surgir de allí pocos meses después... Robots que, tal como se esperaba,
disfrutarían de una especie de libre albedrío a la hora de aplicar las Tres
Leyes de la Robótica a sus pautas de comportamiento.
Apenas habían pasado seis meses desde el inicio de los trabajos cuando Hamlet-1,
primer prototipo de la nueva serie, se convertía en una realidad, algo realmente
insólito en los anales de U.S. Robots a causa de su brevedad. Antonio Jiménez se
había revelado como un excelente ingeniero provisto además de toda una serie de
ideas revolucionarias, coincidencia ésta que no acostumbraba a ser demasiado
frecuente. Por si fuera poco el resto del equipo había mostrado estar asimismo a
la misma altura que su jefe, todo lo cual les había conducido hasta el éxito más
rotundo en un plazo de tiempo increíblemente corto.
Cuando el cerebro positrónico de Hamlet-1 fue conectado por vez primera, el
ambiente en el laboratorio era de extrema expectación a la vez que de contenida
alegría. Por primera vez se hallaba presente Susan Calvin la cual, al no
pertenecer al equipo técnico, había preferido no interferir con su trabajo
mientras había durado éste.
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