El dilema de Hamlet (Jose Carlos Canalda) - pág.9
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Para ello se procedió a maquillarlo convenientemente camuflando el libre
albedrío parcial con que se dotaría a los nuevos robots dentro de un farragoso
memorial con el que se intentaría convencer a los rígidos burócratas de los
grandes beneficios que podrían obtenerse de un robot cirujano. Evidentemente,
tanto Calvin como Jiménez tenían en mente algo mucho más ambicioso que un simple
robot capaz de clavar un bisturí en el cuerpo de un paciente sin que se le
achicharrara en unos segundos el cerebro positrónico; pero como cabe suponer,
esto se lo callaron. Lanning también lo sabía o, cuanto menos, lo sospechaba,
pero también calló discretamente; a pesar de su curtido pragmatismo, todavía
quedaba algo de poesía en el fondo de su alma.
Fue una sorpresa para todos, y en especial para Lanning: Cuando en realidad
nadie lo esperaba, alguien de muy arriba dio el visto bueno al proyecto; alguien
al que probablemente le habría costado el puesto el posterior incidente. Pero
eso entonces nadie lo podía prever, ni mucho menos Susan Calvin o Antonio
Jiménez.
Éstos, por el contrario, celebraron su triunfo de la única manera que sabían:
Poniéndose a trabajar de inmediato. Contando con todas las bendiciones de Alfred
Lanning, que era como decir de U.S. Robots, no les costó ningún esfuerzo
reclutar un nutrido grupo de colaboradores, todos ellos pertenecientes a la
plantilla de la compañía, para encerrarse con ellos en un moderno laboratorio y
abordar los primeros pasos de su ambicioso proyecto.
Éste, por cierto, pronto recibió un nombre propio. De acuerdo con la críptica
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