El dilema de Hamlet (Jose Carlos Canalda) - pág.8
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potencialmente peligroso y que más valía que los robots siguieran teniendo
terminantemente prohibido causar el menor daño activa o pasivamente a un ser
humano, por más que esto les impidiera asimismo evitar un mal mayor.
Alfred Lanning era, por razones de su cargo, cauto y conservador. Por esta razón
Jiménez nunca habría conseguido su objetivo de no haberse encontrado con un
aliado de excepción: la robopsicólogo Susan Calvin, a la cual consiguió no sólo
convencer sino también entusiasmar. A Susan Calvin no le interesaba en absoluto
la construcción de un robot cirujano o un robot policía, ya que ni ella era
ingeniero ni le preocupaban las consecuencias prácticas de un nuevo y
revolucionario modelo. Pero lo que sí le fascinaba era la posibilidad de
estudiar una nueva mente robótica infinitamente más flexible que las existentes
hasta entonces, por lo que se volcó con todas sus fuerzas en apoyo del proyecto
de Antonio Jiménez.
Y ocurrió el milagro. Lo que un oscuro técnico recién incorporado a la compañía
no pudo lograr, lo consiguió la respetada y temida robopsicólogo jefe. Pero no
fue fácil; a diferencia de Susan Calvin, a Alfred Lanning sí le preocupaban las
cuestiones técnicas y las consecuencias legales del proyecto, por lo que temía
con razón que la audacia del mismo acabara acarreando consecuencias negativas
para U.S. Robots. Al fin, y tras un largo forcejeo, Susan Calvin y Antonio
Jiménez acabaron saliéndose con la suya con una única e inexcusable condición;
Que el gobierno terrestre aprobara sin reservas de ningún tipo el todavía no
bautizado proyecto.
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