David Copperfield (Charles Dickens) - pág.371
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Mister Dick se apoyaba pensativo en una gran cometa semejante a las que habíamos lanzado juntos tan a menudo, y estaba rodeado de otra carga de maletas.
-Mi querida tía -exclamé-, ¡qué placer tan inesperado!
Nos abrazamos tiernamente. Estreché con cordialidad la mano a mister Dick, y mistress Crupp, que estaba haciendo el té y prodigando sus atenciones a mi tía, dijo con viveza que ya sabía ella la alegría de mister Copperfield al ver a sus queridos parientes.
-Vamos, vamos -dijo mi tía a Peggotty, que temblaba en su terrible presencia-, ¿cómo está usted?
-¿Te acuerdas de mi tía, Peggotty? -le dije.
-¡En nombre del cielo, hijo mío -exclamó mi tía-, no llames a esa mujer con ese nombre salvaje! Puesto que al casarse se ha desembarazado de él, que era lo mejor que podia hacer, ¿por qué no concederle al menos las ventajas del cambio? ¿Cómo se llama usted ahora, P...? -dijo mi tía, usando esta abreviatura para evitar el nombre que tanto la nuolestaba.
-Barkis, señora -dijo Peggotty haciendo una reverencia. -Vamos; eso es más humano -dijo mi tía-; ese nombre no tiene el aire pagano del otro, que hay que reparar con el bautismo de un misionero. ¿Cómo está usted, Barkis? ¿Supongo que está usted bien?
Animada por aquellas graciosas palabras y por la prisa de mi tía a tenderle la mano, Barkis se adelantó para tomarla con una reverencia de gracias.
-Hemos envejecido desde aquellos tiempos -dijo mi tía-. No nos hemos visto más que una vez. Buen trabajo hicimos aquel día. Trot, hijo mío, dame otra taza de té.
Serví a mi tía el brebaje que me pedía, siempre tan tiesa como de costumbre, y me aventuré a hacerle observar que no era un asiento muy cómodo una maleta.
-Déjeme que le acerque el diván o el sillón, tía; está usted muy mal ahí.
-Gracias, Trot -replicó-; prefiero estar sentada encima de mis trastos.
Y mirando a mistress Crupp a la cara le dijo:
-No se tome el trabajo de esperar, señora.
-¿Quiere usted que ponga un poco más de té en la tetera, señora? -dijo mistress Crupp.
-No, gracias -replicó mi tía.
-¿Quiere usted permitirme que traiga un poco más de manteca, señora, o un huevo fresco, o que le ase un trozo de tocino? ¿No puedo hacer nada más por su querida tía, míster Copperfield?
-Nada, señora; lo haré yo sola, muchas gracias.
Mistress Crupp, que sonreía sin cesar para demostrar una gran dulzura de carácter, y que ponía siempre la cabeza de medio lado para simular una gran debilidad de constitución, y que se frotaba a cada momento las manos para manifestar su deseo de ser útil a todos los que lo merecían, terminó por salir de la habitación con la cabeza de medio lado, frotándose las manos y sonriendo.
-Dick -dijo mi tía-, ya sabe lo que le he dicho de los cortesanos y los adoradores de la fortuna.
Míster Dick respondió afirmativamente, pero un poco asustado y como si hubiera olvidado lo que debía recordar tan bien.
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