David Copperfield (Charles Dickens) - pág.370
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-Mi querido Copperfield -me dijo Traddles-, es cosa hecha; no únicamente porque me doy cuenta de que he obrado con precipitación, sino porque es una verdadera injusticia hacia Sofía, y me la reprocho. He dado mi palabra, y no hay nada que temer; pero también te la doy de todo corazón. He firmado ese desgraciado pagaré. No dudo de que míster Micawber, si hubiera podido lo hubiese pagado él; pero no podía. Debo decirte una cosa que me gusta mucho en míster Micawber, Copperfield, y es con respecto al segundo pagaré, que todavía no ha vencido. Ya no me dice que lo ha pagado, sino que lo pagará.
Verdaderamente me parece que su proceder es muy honrado y muy delicado.
Me repugnaba el destruir la confianza de mi amigo, y le hice un signo de asentimiento. Después de un momento de conversación tomamos el camino de la tienda de velas para recoger a Peggotty, pues Traddles se había negado a pasar la tarde conmigo, en primer lugar porque sentía la mayor inquietud por sus propiedades, no fuera a ser que cualquier otra persona las comprase antes de hacerlo él, y además porque era la tarde que dedicaba siempre a escribir a la mejor muchacha del mundo.
No olvidaré nunca la mirada que lanzó desde la esquina de la calle hacia Tottenham-Court-Road, mientras Peggotty regateaba aquellos objetos preciosos, ni su agitación cuando volvió lentamente hacia nosotros después de haber ofrecido inútilmente su precio, hasta que el comerciante la volvió a llamar y retrocedió. Por fin consiguió los objetos de Traddles en un precio bastante moderado; y Traddles estaba loco de alegría.
-Estoy agradecidísimo -dijo Traddles, al saber que le enviarían todo a su casa aquella misma tarde-. Pero si se atreviera le pediría todavía un favor. Espero que no te parecerá mi deseo demasiado absurdo, Copperfield.
-De verdad que no -respondí de antemano.
-Entonces -dijo Traddles dirigiéndose a Peggotty-, si tuviera usted la bondad de traenne el florero enseguida. Me gustaría llevarlo yo mismo, por ser de Sofía, Copperfield.
Peggotty fue a buscar el florero de muy buena voluntad. Él le dio las gracias calurosamente, y le vimos subir por Tottenham-Court-Road con el florero apretado tiernamente en sus brazos y una expresión de júbilo que nunca he visto a nadie.
Enseguida emprendimos el camino de mi casa. Como los escaparates poseían para Peggotty encantos que no les he visto desplegar jamás sobre nadie en el mismo grado, andaba lentamente, divirtiéndome viéndoselos mirar y esperándola siempre que le convenía detenerse. Tardamos bastante antes de llegar a Adelphy.
Mientras subíamos la escalera le hice observar que las trampas de mistress Crupp habían desaparecido de repente y que se veían huellas recientes de pasos. Los dos nos sorprendimos mucho al seguir subiendo y ver abierta la primera puerta, que yo había dejado cerrada al salir, y oyendo voces en mi casa.
Nos miramos con asombro, sin saber qué pensar, y entramos en el gabinete. ¡Cuál sería mi sorpresa al encontrarme con las personas que menos me hubiera imaginado: mi tía y mister Dick! Mi tía estaba sentada sobre un montón de maletas, la jaula de los pájaros ante ella y el gato sobre sus rodillas, como un Robinson Crusoe femenino, bebiendo una taza de té.
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