David Copperfield (Charles Dickens) - pág.369
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-¡Oh, sí! -dijo Traddles-. Y es verdaderamente una mujer superior; pero la humedad del clima no la conviene; y... el caso es que no puede moverse.
-¡Qué desgracia!
-Sí, es muy triste -repuso Traddles-. Pero desde el punto de vista de los quehaceres de la casa es menos incómodo de lo que podría suponerse, porque Sofía la reemplaza. Sirve de madre a su madre tanto como a los otros nueve.
Yo sentía la mayor admiración por las virtudes de aquella muchacha, y con objeto de hacer lo posible para que no abusaran de la buena voluntad de Traddles en detrimento de su porvenir común, le pregunté noticias de míster Micawber.
-Está muy bien, gracias, Copperfield -dijo Traddles-; pero de momento no vivo en su casa.
-¿No?
-No. A decir verdad -repuso Traddles hablando muy bajo-, ahora ha tomado el nombre de Mortimer, a causa de sus dificultades temporales; y sólo sale con gafas. Ha habido un embargo. Mistress Micawber estaba en un estado tan horrible, que yo, verdaderamente, no he podido por menos de firmar el segundo pagaré de que hablamos. Y puedes figurarte, Copperfield, mi alegría al ver que aquello devolvía la alegría a mistress Micawber.
-¡Hum! -hice.
-Aunque su felicidad no ha durado mucho -añadió Traddles-, pues, desgraciadamente, al cabo de ocho días ha habido un nuevo embargo. Entonces nos hemos dispersado. Yo desde entonces vivo en una habitación amueblada y los Mortimer viven absolutamente retirados. Espero que no me tacharás de egoísta, Copperfield, si no puedo por menos de sentir que el comprador de los muebles se haya apoderado de mi mesita redonda con tablero de mármol, y del florero y el estante de Sofía.
-¡Qué crueldad! -exclamé con indignación.
-Eso me ha parecido... un poco duro -dijo Traddles con su gesto peculiar cuando empleaba aquella frase-. Además, no digo esto acusando a nadie; pero el caso es, Copperfield, que no he podido rescatar esos objetos en el momento del embargo; primero, porque el comerciante, dándose cuenta de lo que me interesaba, pedía un precio altísimo, y además, porque... no tenía dinero. Pero desde entonces no he perdido de vista la tienda -dijo Traddles, pareciendo gozar con delicia de aquel misterio-. Está en lo alto de TottenhamCourt-Road y, por fin, hoy los he visto en el escaparate. Únicamente he mirado al pasar desde la otra acera, porque si el comerciante me ve pedirá un precio ...; pero he pensado que, puesto que tenía dinero, no te importaría que tu buena niñera viniera conmigo a la tienda. Yo le enseñaré los objetos desde una esquina, y ella podrá comprármelos lo más barato posible, como si fueran para ella.
La alegría con que Traddles me desarrolló su plan y el placer que sentía al verse tan astuto están grabados en mi memoria, y es uno de los recuerdos más claros.
Le dije que Peggotty se encantaría de poder hacerle aquel pequeño favor y que podríamos entre los tres resolver el asunto; pero con una condición. Esta condición era que tomaría una determinación solemne de no volver a prestar nada a míster Micawber, ni el nombre ni nada.
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