David Copperfield (Charles Dickens) - pág.366
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Cuando nos citábamos en el jardín de la plaza y charlábamos en el pabellón polvoriento, donde éramos tan dichosos que todavía ahora amo los gorriones de Londres por la sola razón de que veo los colores del arco iris en sus plumas de humo.
Cuando tuvimos nuestra primera gran discusión, ocho días después de empezar nuestro noviazgo, y Dora me devolvió el anillo encerrado en una carta triangular con esta terrible frase: «Nuestro amor empezó con la locura y termina con la desesperación», y al leer aquello yo me arrancaba los cabellos y pensaba que todo había terminado.
Cuando al oscurecer volé a casa de miss Mills y la vi, a hurtadillas, en una antecocina, donde había una lixiviadora, y le supliqué que intercediera con Dora y que nos salvara de nuestra locura.
Cuando miss Mills consintió en encargarse y volvió con Dora exhortándonos desde lo alto de su juventud rota para que hiciéramos concesiones mutual, con objeto de evitar el desierto de Sahara.
Cuando nos echamos a llorar y nos reconciliamos para gozar de nuevo de una felicidad tan viva en aquella antecocina con la lixiviadora, que por lo menos nos parecía el templo del Amor, y cuando arreglamos un sistema de correspondencia que debía pasar por manos de miss Mills, y que suponía por lo menos una carta diaria por ambas partes.
¡Cuántas niñerías! ¡Qué tiempos de felicidad, de ilusiones y de locuras! De todas las épocas de mi vida que el tiempo tiene en su mano no hay ninguna cuyo recuerdo traiga a mil labios tantas sonrisas y a mi corazón tanta ternura.
CAPÍTULO XIV
MI TÍA ME SORPRENDE
En cuanto fuimos novios Dora y yo, escribí a Agnes. Le escribí una carta muy larga, en la que trataba de hacerle comprender lo dichoso que era y lo que valía Dora. Le suplicaba que no considerase aquello como una pasión frívola, que podría ceder su lugar a otra, ni que lo comparase lo más mínimo a las fantasías de niño sobre las que acostumbraba a bromear. Le aseguraba que mi amor era un abismo de una profundidad insondable, y expresaba mi convicción de que nunca se había visto nada semejante.
No sé cómo fue; pero mientras escribía a Agnes, en una hermosa tarde, al lado de mi ventana abierta, con el recuerdo, presente en mis pensamientos, de sus ojos serenos y limpios y de su dulce rostro, sentí una extraña dulzura que calmaba el estado febril en que vivía desde hacía algún tiempo y que se mezclaba en mi felicidad misma haciéndome llorar. Recuerdo que apoyé mi cabeza en la mano cuando estaba la carta a medio escribir y que me puse a soñar pensando que Agnes era naturalmente uno de los elementos necesarios en mi hogar. Me parecía que en el retiro de aquella casa, que su presencia hacía para mí sagrada, seríamos Dora y yo más dichosos que en cualquier otro lado. Me parecía que en el amor, en la alegría y en la pena, la esperanza o la decepción en todas sus emociones, mi corazón se volvía naturalmente hacia ella como hacia su refugio y su mejor amiga.
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