David Copperfield (Charles Dickens) - pág.364
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Por fin, muy vestido para las circunstancias, me dirigí a casa de miss Mills con una declaración en los labios.
Es inútil decir la de veces que subí la calle para volverla a bajar; la de veces que di la vuelta al lugar, dándome cuenta de que yo era mucho más que la luna, la palabra del antiguo enigma, antes de decidirme a subir las escaleras de la casa y a llamar a la puerta. Cuando por fin llamé, mientras esperaba que me abrieran tuve por un momento la idea de preguntar si no vivía allí míster Balckboy (imitando al pobre Barkis) y disculparme y huir. Sin embargo, no lo hice.
Míster Mills no estaba en casa; ya me lo esperaba, ¿para qué le necesitábamos?, y miss Mills sí estaba en casa, y yo no necesitaba más.
Me hicieron entrar en una habitación del primer piso, donde encontré a miss Mills y a Dora; también estaba Jip. Miss Mills copiaba música (recuerdo que era una romanza nueva, titulada De profundis amoris) y Dora pintaba flores. ¡Juzgad de mis sentimientos cuando reconocí mis flores, el ramo del mercado de Covent Garden! No puedo decir que se pareciera mucho, ni que yo hubiera visto nunca flores como aquellas; pero reconocí la intención en el papel que las envolvía, que, ese sí, estaba copiado con mucha exactitud.
Miss Mills estaba encantada de verme; sentía infinitamente que su papá hubiera salido, aunque me pareció que soportamos su ausencia con bastante resignación. Miss Mills sostuvo la conversación durante un momento; después, pasando su pluma por el De profundis amoris, se levantó y se fue.
Yo empezaba a creer que dejaría la cosa para el día siguiente.
-Supongo que su pobre caballo no estaría muy cansado la otra noche cuando volvió usted -me dijo Dora levantando sus hermosos ojos-; fue una excursión muy larga para él.
Empecé a creer que sería aquella misma tarde.
-Sí; fue una excursión muy larga para él, pues el pobre animal no tenía nada que le sostuviera durante el viaje.
-¿No le habían dado de comer? ¡Pobre animal!
Empecé a creer que lo dejaría para el día siguiente.
-¡Perdone! Le habían dado de comer; pero quiero decir que no gozaba tanto como yo de la inefable felicidad de estar a su lado.
Dora bajó la cabeza sobre su cuaderno y dijo al cabo de un momento (durante aquel tiempo yo estaba en un estado febril y sintiendo mis piernas tiesas como palos):
-Durante parte del día no parecía sentir usted esa felicidad tan vivamente.
Vi que la suerte estaba echada y que había que terminar allí mismo.
-Parecía interesarle muy poco esa felicidad -continuó Dora con un ligero movimiento de cejas y moviendo la cabeza- mientras estaba usted sentado al lado de miss Kitt.
Debo hacer observar que miss Kitt era la muchacha vestida de rosa, de ojos pequeñitos.
-Además, no sé por qué tenía que haberle importado -dijo Dora-, ni por qué dice usted que era una felicidad. Pero probablemente no piensa usted todo lo que dice.
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