David Copperfield (Charles Dickens) - pág.361
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Todas las flores salvajes, hasta el último capullo, eran otras tantas Doras. Mi consuelo era que miss Mills me comprendía. Miss Mills era la única que podía entrar del todo en mis sentimientos.
No sé cuánto tiempo duró el trayecto, ni sé tampoco dónde fuimos. Quizá fue cerca de Guilford. Quizá algún mago de Las mil y una noshes había creado aquel lugar para un solo día y lo destruyó después de nuestra partida. Era una pradera de musgo verde y fino, en una colina. Había grandes árboles, algo de bruma, y tan lejos como podía extenderse la mirada, un bonito paisaje.
Me contrarió mucho encontrar allí gente que nos esperaba, y mis celos hasta de las mujeres no tenían límites. En cuanto a los seres de mi sexo, un impostor tres o cuatro años mayor que yo y con patillas rojas, que le daban un aplomo intolerable, era sobre todo mi enemigo mortal.
Todo el mundo abrió las cestas y se dispusieron a preparar la comida. Patillas rojas dijo que él sabía hacer la ensalada; no lo creo, pero así se atrajo la atención del público. Las muchachas se pusieron a lavar las lechugas y a cortarlas bajo su dirección; Dora estaba entre aquellas. Yo sentí que el Destino me había dado aquel hombre por rival y que uno de los dos tenía que sucumbir.
Patillas rojas hizo la ensalada, y todavía me pregunto como pudieron comerla. En cuanto a mí, nada en el mundo me hubiera decidido a probarla. Después él mismo se nombró encargado del vino, y construyó una celda, para guardarlo, en el hueco de un árbol. ¡Vaya una cosa ingeniosa! Al poco tiempo le vi, con los tres cuartos de una langosta en su plato, sentado y comiendo a los pies de Dora.
Ya no tengo más que una idea imprecisa de lo que ocurrió después de que aquel espectáculo se presentó a mi vista. Estaba muy alegre, no digo que no, pero era una alegría falsa. Me consagré a una muchachita vestida de rosa, con ojos chiquitos, y le hice la corte desesperadamente. Ella recibió mis atenciones con agrado; pero no sé si era completamente por mí o porque tenía vistas ulteriores sobre Patillas rojas. Se bebió a la salud de Dora. Yo afecté interrumpir mi conversación para beber también, y después la reanudé enseguida. Encontré los ojos de Dora al saludarla, y me pareció que me miraban suplicantes; pero aquella mirada me llegaba por encima de la cabeza de Patillas rojas, y fui inflexible.
La jovencita de rosa tenía una madre de verde que nos separó; yo creo que con una mira política. Además hubo revolución general mientras se quitaban los restos de la comida, y yo lo aproveché para meterme solo entre los árboles, animado por una mezcla de cólera y de remordimientos. Me preguntaba si fingiría alguna indisposición para huir... a cualquier parte... sobre mi bonito caballo gris, cuando me encontré a Dora con miss Mills.
-Míster Copperfield -dijo miss Mills-, ¿está usted triste?
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