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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.359

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Creo que debí de cometer todos los absurdos posibles como preparación para aquel día afortunado. Me ruborizo al pensar en la corbata que compré; en cuanto a mis botas, eran dignas de figurar en una colección de instrumentos de tortura. Me procuré, y envié la víspera por la noche, por medio del ómnibus de Norwood, una cestita de provisiones que casi equivalía, a mi parecer, a una declaración. Contenía, entre otras cosas, almendras envueltas en las divisas más tiernas que pude encontrar en la confitería. A las seis de la mañana estaba en el mercado de Covent Garden para comprar un ramo de flores a Dora. A las diez montaba a caballo. Había alquilado un bonito caballo gris para aquella ocasión, y tomé al trote el camino de Norwood con el ramo de flores en el sombrero para que se conservara fresco.
Supongo que cuando vi a Dora en el jardín a hice como que no la veía, pasando por delante de la casa y haciendo como que la buscaba con cuidado, fui culpable de dos pequeñas locuras que otros muchos jóvenes habrán cometido igual en mi situación; tan naturales me parecen. Pero cuando hube encontrado la casa; cuando me apeé a la puerta; cuando atravesé el césped con las crueles botas para acercarme a Dora, que estaba sentada en un banco a la sombra de un lilo, ¡qué espectáculo ofrecía en medio de las mariposas con su sombrero blanco y su traje azul cielo!
Con ella había otra muchacha, que a su lado parecía muchísimo más vieja: tendría veinte años. Se llamaba miss Mills, y Dora la llamaba Julia. Era la amiga íntima de Dora. ¡Dichosa miss Mills!
Jip estaba allí y se empeñaba en ladrarme. Cuando la ofrecí mi ramo, Jip rechinó los dientes de envidia. Tenía razón. ¡Oh, sí! Si tenía la menor idea del ardor con que amaba a su dueña tenía razón.
-¡Oh, muchas gracias, míster Copperfield! ¡Qué flores tan bonitas! -dijo Dora.
Había tenido la intención de decirle que yo también las había encontrado encantadoras antes de verlas a su lado, y estudiaba desde tres millas antes de llegar la mejor manera de soltar la frase, pero no lo conseguí: estaba demasiado seductora y perdí toda presencia de espíritu y toda facultad de palabra cuando le vi acercar el ramo a los lindos hoyuelos de su barbilla, y caí en éxtasis. Todavía me sorprende el no haberle dicho:
-Máteme, miss Mills, por piedad; ¡quiero morir aquí!
Después Dora alargó mis flores a Jip para que las oliera, y Jip se puso a gruñir y no quiso olerlas. Entonces Dora las acercó a su hocico para obligarle, y Jip cogió una rama de geranio entre sus dientes y la destrozó como si oliera una bandada de gatos imaginarios. Dora le pegaba haciendo mohínes y diciendo: « ¡Mis pobres flores! ¡Mis hermosas flores! » , con un tono tan simpático, me pareció, como si fuera a mí a quien Jip hubiera mordido. ¡Ya lo hubiera querido!


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