David Copperfield (Charles Dickens) - pág.357
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-Vea usted el mundo: en él hay bien y mal; vea la legislación eclesiástica: en ella hay bien y mal; pero todo esto forma parte de un sistema. Muy bien. Eso es.
No tuve valor para sugerir al padre de Dora que quizá no nos resultaría imposible el hacer algunos cambios beneficiosos en el mundo si, levantándose temprano, se remangara resuelto a ponerse con valor a ello; pero sí le confesé que me parecía que podrían introducirse algunos cambios beneficiosos en el Tribunal.
Míster Spenlow me respondió que me aconsejaba que desechara de mi espíritu semejante pensamiento, que no era digno de mi carácter caballeresco; pero que le gustaría saber de qué mejoras creía yo susceptible al sistema del Tribunal.
El matrimonio de nuestro hombre estaba anulado; era un asunto concluido; estábamos fuera de la sala y pasábamos por delante del Tribunal de Prerrogativas; entrando, por lo tanto, en la institución que estaba más cerca de nosotros, le pregunté si el Tribunal de Prerrogativas no era una institución muy singularmente administrada.
Míster Spenlow me preguntó que bajo qué aspecto.
Yo repliqué, con todo el respeto que debía a su experiencia (pero me temo que sobre todo con el respeto que debía al padre de Dora), que quizá era un poco absurdo que los registradores de aquel Tribunal, que contenía todos los testamentos originales de todas las personas que habían dispuesto desde hacía tres siglos de alguna propiedad asentada en el inmenso distrito de Canterbury, se encontrasen colocados en un edificio que no había sido construido con ese objeto; que había sido alquilado por los registradores bajo su responsabilidad privada; que no era seguro; que ni siquiera estaba al abrigo de un fuego, y que estaba tan atestado de los documentos importantes que contenía que era todo él, de arriba abajo, una prueba de las sórdidas especulaciones de los registradores, que recibían sumas enormes por el registro de todos aquellos testamentos y se limitaban a meterlos donde podían, sin otro objeto que desembarazarse de ellos con el menor gasto posible. También añadí que quizá no era razonable que los registradores, que percibían al año sueldos que ascendían a ocho o nueve mil libras, sin hablar de los pagos extraordinarios, no estuvieran obligados a gastarse parte de este dinero en procurarse un lugar seguro donde depositar aquellos documentos preciosos que todo el mundo, en todas las clases de la sociedad, estaba obligado, quieras que no, a confiarles. Dije que quizá era algo injusto que todos los grandes empleos de aquella administración fuesen magníficas sinecuras, mientras que los desgraciados empleados que trabajaban sin descanso en la habitación sombría y triste de arriba fuesen los hombres peor pagados y menos considerados de Londres, en premio a los importantes servicios que prestaban. ¿Y no era también un poco inconveniente que el archivero en jefe, cuyo deber era procurar al público, que llenaba constantemente las oficinas de la administración, locales convenientes, estuviera, en virtud de este empleo, en posesión de una enorme sinecura, lo que no le impedía ocupar al mismo tiempo un puesto en la Iglesia y poseer muchos beneficios, ser canónico en la catedral, etc.
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