David Copperfield (Charles Dickens) - pág.354
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Daba alguna variedad a los asuntos legales yendo a ver con Peggotty las figuras de cera de Fleet Street (supongo que se habrán fundido desde hace veinte años que no las he visto) y visitando la exposición de miss Linvood, que ha quedado en mi recuerdo como un mausoleo de crochet, propicio a los exámenes de conciencia y al arrepentimiento, y, en fin, recorriendo la torre de Londres y subiendo hasta lo alto del cimborrio de Saint Paul. Estas curiosidades procuraron a Peggotty alguna distracción de la que podía gozar en sus actuales circunstancias. Sin embargo, hay que confesar que la catedral de Saint Paul, gracias al cariño que tenía a su caja de labor, le pareció bastante digna de rivalizar con la pintura de su tapa, aunque la comparación, desde algunos puntos de vista, resultara en ventaja de aquella pequeña obra de arte; al menos esa era la opinión de Peggotty.
Los asuntos de Peggotty estaban en lo que acostumbrábamos llamar el Tribunal de Negocios ordinarios, clase de negocios, entre paréntesis, muy fáciles y lucrativos, y cuando terminaron la conduje al estudio para arreglar su cuenta. Míster Spenlow había salido un momento. Según me dijo el viejo Tifey, había ido a acompañar a un caballero que venía a prestar juramento para una dispensa de amonestación; pero como yo sabía que volvería enseguida, pues nuestro despacho estaba al lado del vicario general, le dije a Peggotty que esperase.
En el Tribunal, cuando se trataba de examinar un testamento, hacíamos un poco el papel de empresarios de pompas fúnebres, y teníamos, por regla general, la costumbre de componernos una expresión más o menos sentimental cuando tratábamos con clientes de luto. Por este mismo principio estábamos siempre alegres cuando se trataba de clientes que iban a casarse. Previne a Peggotty que iba a encontrar a míster Spenlow bastante repuesto de la impresión que le había causado la muerte de Barkis y, en efecto, cuando entró parecía que entraba el novio.
Pero ni a Peggotty ni a mí nos divirtió mirarle cuando vimos que le acompañaba míster Murdstone. Había cambiado muy poco. Sus cabellos eran tan abundantes y tan negros como antes, y su mirada no inspiraba más confianza que en el pasado.
-¡Ah! Míster Copperfield, ¿creo que ya conoce usted a este caballero?
Saludé fríamente a míster Murdstone. Peggotty se limitó a dejar ver que le reconocía. En el primer momento pareció un poco desconcertado al encontrarnos juntos; pero pronto supo qué hacer y se acercó a mí.
-¿Supongo que está usted bien?
-No creo que pueda interesarle, caballero; pero si quiere usted saberlo, sí.
Nos miramos un momento; después se dirigió a Peggotty.
-Y de usted -dijo- siento saber que ha perdido a su marido.
-No es la primera pérdida de mi vida, míster Murdstone -dijo Peggotty temblando de la cabeza a los pies-. Únicamente me consuela que esta vez no puedo acusar a nadie; nadie tiene que reprochárselo.
-¡Ah! -dijo- Es un gran consuelo. ¿Ha cumplido usted con su deber?
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