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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.352

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Después de comer nos sentamos al lado de la ventana durante cosa de una hora, sin hablar apenas; después míster Peggotty se levantó, cogió su saco de hule y su cantimplora y los puso encima de la mesa.
Aceptó como anticipo de su herencia una pequeña suma, que su hermana le dio en dinero contante; apenas lo necesario para vivir un mes me pareció. Prometió escribirme si llegaba a saber algo, y después, pasando la correa de su saco por su hombro, cogió su sombrero y su bastón y nos dijo a los dos: «Hasta la vista».
-¡Que Dios lo bendiga, mi querida vieja! -dijo abrazando a Peggotty-. Y a usted también, míster Davy -añadió estrechándome la mano, Voy a buscarla por el mundo. Si volviera mientras yo no esté aquí (pero, ¡ay!, no es nada probable), o si yo la trajera, mi intención es irme a vivir con ella donde nadie pueda dirigirle el menor reproche; si me sucediera alguna desgracia, acordaos que las últimas palabras que he dicho para ella son: « Que dejo a mi querida niña todo mi cariño inquebrantable y mi perdón».
Dijo esto en tono solemne, con la cabeza desnuda; después, volviendo a ponerse el sombrero, se alejó. Le seguimos hasta la puerta. La tarde era cálida y había mucho polvo. El sol poniente lanzaba raudales de luz sobre la calle, y el ruido constante de pasos se había ensordecido un momento en la gran calle a que desembocaba nuestra callejuela. Dio vuelta a la esquina de la calleja sombría, entró en la luz deslumbrante y desapareció.
Rara vez veía llegar aquella hora de la tarde, rara vez al despertarme de noche y ver la luna y las estrellas, o si escuchaba caer la lluvia o soplar el viento, dejaba de pensar en el pobre peregrino, que iba solo por los caminos, y recordaba sus palabras:
«Voy a buscarla por el mundo. Si me ocurriera una desgracia, acordaos de que las últimas palabras que he dicho para ella son: "Dejo a mi niña querida todo mi cariño inquebrantable y mi perdón".»


CAPÍTULO XIII
FELICIDAD
Durante todo aquel tiempo había seguido amando a Dora más que nunca. Su recuerdo me servía de refugio en mis contrariedades y mis penas, y hasta me consolaba de la pérdida de mi amigo. Cuanta más compasión tenía de mí mismo más piedad sentía por los demás y más buscaba el consuelo en la imagen de Dora. Cuanto más lleno me parecía el mundo de decepciones y de penas, más se levantaba la estreIla de Dora, pura y brillante, por encima de él. No creo que tuviera una idea muy clara de la patria donde Dora había nacido, ni del sitio encumbrado que ocupaba en la escala de arcángeles y serafines; pero sé que hubiera rechazado con indignación y desprecio el pensamiento de que pudiera ser una criatura humana como todas las demás señoritas.
Sí; puedo expresarme así; estaba absorto en Dora, pues no sólo estaba enamorado de ella hasta perder la cabeza, sino que era un amor que penetraba todo mi ser.


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