David Copperfield (Charles Dickens) - pág.351
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-¿Para qué viene usted a separar a estas dos criaturas insensatas? -replicó ella-. ¿No ve usted que están locos los dos de terquedad y orgullo?
-¿Es culpa mía acaso? -repliqué.
-Sí; es su culpa. ¿Por qué ha traído usted ese hombre aquí?
-Es un hombre al que han hecho mucho daño, mis Dartle -respondí-; quizá no lo sabe usted.
-Sé que James Steerforth -dijo apretando la mano contra su pecho, como para impedir que estallara la tormenta que reinaba en él- tiene un corazón pérfido y corrompido; sé que es un traidor. Pero ¿qué necesidad tengo de preocuparme ni de saber lo que concierne a este hombre ni a su miserable sobrina?
-Miss Dartle -repliqué-, envenena usted la llaga, y demasiado profunda es ya. Solamente le repito, al dejarla, que no le hace justicia.
-No hago ninguna injusticia; uno de tantos miserables sin honor; en cuanto a ella, querría que la azotaran.
Míster Peggotty pasó sin decir una palabra y salió.
-¡Oh! Es vergonzoso, miss Dartle; es vergonzoso -le dije con indignación-. ¿,Cómo tiene usted corazón para pisotear así a un hombre destrozado por un dolor tan poco merecido?
-Querría pisotearlos a todos -replicó-. Querría ver su casa destruida de arriba abajo. Querría que marcaran a su sobrina el rostro con un hierro candente, que la cubrieran de harapos y la arrojaran a la calle para morir de hambre. Si tuviera el poder de juzgarla, he aquí lo que mandaría que le hicieran; no, no; he aquí lo que le haría yo misma. ¡La odio, la odio! Si pudiera echarle en cara su situación infame, iría al fin del mundo para hacerlo. Si pudiera perseguirla hasta la tumba, lo haría. Si a la hora de su muerte hubiera una palabra que pudiera consolarla y no hubiera nadie en el mundo que la supiera más que yo, moriría antes que decírsela.
Toda la vehemencia de aquellas palabras sólo puede dar una idea muy imperfecta de la pasión que la poseía y que brillaba en toda su persona, aunque había bajado la voz en lugar de elevarla. Ninguna descripción podría expresar el recuerdo que he conservado de ella en aquella embriaguez de furor. He visto la cólera bajo muchas formas, pero nunca la he visto bajo aquella.
Cuando alcancé a míster Peggotty bajaba la colina lentamente, con aire pensativo. Me dijo que, teniendo ya el corazón tranquilo de lo que había querido intentar en Londres, tenía la intención de emprender aquella misma noche sus viajes. Le pregunté adónde pensaba ir, y únicamente me respondió:
-Voy a buscar a mi sobrina, míster Davy.
Llegamos a su alojamiento, encima de la tienda de velas, y allí pude repetir a Peggotty lo que me había dicho. Ella, a su vez, me dijo que lo mismo le había dicho a ella por la mañana. No sabía más que yo dónde iría; pero pensaba que debía de tener algún proyecto en la cabeza.
No quise dejarle en aquellas circunstancias, y comimos los tres reunidos una empanada de buey, que era uno de los platos maravillosos que hacían honor al talento de Peggotty, y cuyo perfume incomparable estaba todavía realzado (lo recuerdo divinamente) por un olor compuesto de té, de café, de mantequilla, de tocino, de queso, de pan tierno, de madera quemada, de velas y de salsa de setas que subía de la tienda sin cesar.
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