David Copperfield (Charles Dickens) - pág.350
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De nuevo Rose Dartle trató de tranquilizarla, pero fue en vano.
-Te lo repito, Rose, ¡cállate! Si ¡ni hijo es capaz de exponerlo todo por el capricho más frívolo, yo también puedo hacerlo por un motivo más digno de mí. ¡Que vaya donde quiera con los recursos que mi amor le ha proporcionado! ¿Cree que me dominará con una ausencia larga? ¡Conoce muy poco a su madre si cuenta con ello! ¡Que renuncie al momento a ese capricho y será bienvenido! Si no renuncia al instante, que no intente volver a acercarse a mí, ni vivo ni moribundo, mientras pueda levantar la mano para oponerme, hasta que se olvide de ella para siempre y venga humildemente a pedirme perdón. ¡Ese es mi derecho! ¡Ese es el abismo que han abierto entre nosotros! Y digan, ¿no es un daño irreparable? -dijo mirando a su visitante con la misma expresión altanera de los primeros momentos.
Oyendo y viendo a la madre mientras pronunciaba aquellas palabras me parecía oír y ver a su hijo responderle con un desafío. Encontraba en ella todo lo que había en él de terquedad y obstinación. Todo lo que había podido apreciar por mí mismo de la energía mal dirigida de Steerforth me hacía comprender mejor el carácter de su madre. Veía claramente que sus almas, en su violencia salvaje, iban al unísono.
Mistress Steerforth me dijo entonces que le parecía una pérdida de tiempo seguir hablando y que deseaba poner fin a la entrevista. Se levantó con dignidad para dejar la habitación, pero míster Peggotty dijo que era inútil.
-No tema usted que le estorbe, señora; no tengo nada más que decir -añadió dando un paso hacia la puerta-. He venido aquí sin esperanzas y sin esperanzas me voy. He hecho lo que creía que debía hacer; pero no esperaba nada de mi visita. Esta casa maldita ha hecho demasiado daño a los míos para que pueda razonablemente esperar algo.
Y salimos, dejándola de pie al lado de su butaca, como si estuviera posando para un retrato de noble actitud, con un bello rostro.
Para salir teníamos que atravesar una galería de cristales que servía de vestíbulo; una parra la cubría por completo con sus hojas; hacía un tiempo hermoso, y las puertas que daban al jardín estaban abiertas. Rose Dartle entró por allí sin ruido, en el momento en que pasábamos, y se dirigió a mí.
-Ha tenido usted una idea feliz -dijo- con traer a este hombre aquí.
Nunca hubiera creído que ni aun en aquel rostro se pudiera encontrar una expresión de rabia y de desprecio como la que oscurecía sus rasgos y resplandecía en sus ojos negros. La cicatriz del martillo estaba, como siempre en esos accesos, muy acusada. El temblor nervioso que yo había observado ya la agitaba todavía, y trataba de ocultarlo.
-¡Qué bien ha escogido usted a su hombre para traerle aquí y servirle de campeón!, ¿no es verdad? ¡Qué amigo fiel!
-Miss Dartle -repuse-, seguramente no es usted tan injusta como para acusarme a mí en este momento.
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