David Copperfield (Charles Dickens) - pág.348
Indice General
|
Volver
Página 348 de 653
.., la puerta de aquella casa en que había sido tan dichoso algunos días antes y donde había entregado con tanta alegría toda mi confianza y todo mi corazón; aquella puerta que desde ahora me estaba cerrada y que no miraba yo más que como una ruina desolada.
Littimer no estaba. La muchacha que le había reemplazado, con gran satisfacción mía, desde mi última visita, fue la que nos abrió y nos condujo a la sala. Mistress Steerforth estaba allí. Rose Dartle, en el momento que entramos, dejó la silla que ocupaba y fue a colocarse de pie detrás del sillón de mistress Steerforth.
Al momento me di cuenta, por el rostro de la madre, de que estaba enterada por su mismo hijo de lo que había hecho. Estaba muy pálida, y sus facciones tenían la huella de una emoción demasiado profunda para poderla atribuir únicamente a mi carta, sobre todo teniendo en cuenta las dudas que le hubiera hecho abrigar su ternura.
En aquel momento la encontré más parecida que nunca a su hijo, y vi, más con mi corazón que con mis ojos, que mi compañero no estaba menos sorprendido que yo del parecido.
Sentada muy derecha en su butaca, con aire majestuoso, imperturbable, impasible, parecía que nada en el mundo sería capaz de turbarla. Miró con orgullo a míster Peggotty, pero él no la miraba con menos entereza. Los ojos penetrantes de Rose Dartle nos abrazaban a todos. Durante un momento el silencio fue completo. Mistress Steerforth hizo un signo a míster Peggotty para que se sentara.
-No me parecería natural, señora -dijo en voz baja-, sentarme en esta casa; prefiero continuar de pie.
Nuevo silencio, que ella rompió diciendo:
-Sé lo que le trae aquí y lo lamento profundamente. ¿Qué desea usted de mí? ¿Qué quiere usted que haga?
Míster Peggotty, sosteniendo el sombrero debajo del brazo, buscó en su pecho la carta de su sobrina, la sacó, la desdobló y se la entregó.
-Haga usted el favor de leer eso, señora; ¡lo ha escrito mi sobrina!
Ella lo leyó con la misma impasible gravedad. No pude percibir en sus rasgos la menor huella de emoción. Después devolvió la carta.
-«A no ser que me traiga después de haber hecho de mí una señora» -dijo míster Peggotty siguiendo con el dedo las palabras- Vengo a saber si cumplirá su promesa.
-No -replicó ella.
-¿Por qué no? -preguntó míster Peggotty.
-Porque es imposible; sería una deshonra para mi hijo; no puede usted ignorar que está muy por debajo de él.
-Levántenla hasta ustedes -dijo míster Peggotty.
-Es ignorante y sin educación.
-Quizá sí, quizá no; pero no lo creo, señora -dijo míster Peggotty-; sin embargo, como no soy juez en esas cosas, enséñenla lo que no sepa.
-Puesto que me obliga usted a hablar con mayor claridad (y siento tener que hacerlo), su familia es demasiado humilde para que una cosa semejante sea verosímil, aunque no hubiera ningún otro obstáculo.
-Escúcheme usted, señora -dijo míster Peggotty lentamente y muy serio-; usted sabe cómo se quiere a un hijo; yo también.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
301
302
303
304
305
306
307
308
309
310
311
312
313
314
315
316
317
318
319
320
321
322
323
324
325
326
327
328
329
330
331
332
333
334
335
336
337
338
339
340
341
342
343
344
345
346
347
348
349
350
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-500
501-550
551-600
601-650
651-653
|