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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.347

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Todo eso ha pasado para mí. Nunca nadie podrá llenar el vacío que ha dejado. Y no olvide que aquí siempre habrá dinero de más, señorito Davy.
Le prometí tenerlo en cuenta, al mismo tiempo que le recordaba que míster Peggotty tenía ya una renta, modesta, es verdad, pero segura, gracias al legado de su cuñado. Después nos despedimos uno del otro. No puedo dejar sin recordar su valor sencillo y conmovedor y su pena tan honda.
En cuanto a mistress Gudmige, si tuviera que describir las carreras que dio por la calle al lado de la diligencia sin ver otra cosa, a través de las lágrimas que trataba de retener, más que a míster Peggotty sentado en la imperial, lo que la hacía tropezar contra todos los que iban en dirección contraria, me vería obligado a lanzarme en una empresa muy difícil. Prefiero dejarla por fin sentada en los escalones de una panadería, sin aliento, con el sombrero que ya no tenía forma y uno de los zapatos esperándola en medio de la calle, a una distancia considerable.
Al llegar al término de nuestro viaje, la primera ocupación fue buscar a Peggotty un alojamiento donde su hermano pudiera tener una cama; y tuvimos la suerte de encontrar enseguida uno muy limpio y barato, encima de la tienda de un vendedor de velas, y separado de mi casa solamente por dos calles. Después de apalabrar la habitación compré carne y fiambre en una tienda y llevé a mis compañeros de viaje a tomar el té a mi casa, exponiéndome, siento decirlo, a no obtener la aprobación de mistress Crupp, sino muy al contrario. Sin embargo, debo mencionar aquí, para que se conozcan bien las cualidades contradictorias de aquella estimable dama, que le sorprendió mucho ver a Peggotty remangarse su traje de viuda, diez minutos después de llegar, para ponerse a limpiar mi alcoba. Mistress Crupp miraba esta usurpación de su cargo como una libertad que se tomaba, y ella no consentía nunca que nadie se tomara libertades con ella.
Míster Peggotty me había comunicado en el camino a Londres un proyecto que no me sorprendió. Tenía la intención de ver a mistress Steerforth en primer lugar. Yo me sentía obligado a ayudarle en aquella empresa y a servir de mediador entre ellos, por lo que, con objeto de cuidar lo más posible de la sensibilidad de la madre, le escribí aquella misma noche. Le explicaba, lo más suavemente que podía, el daño que se le había hecho a míster Peggotty y el derecho que también yo tenía por mi parte para quejarme de aquel desgraciado suceso. Le decía que era un hombre de clase inferior, pero de carácter dulce y elevado, y que me atrevía a esperar que no se negara a verle en la desgracia que le agobiaba. Le pedía que nos recibiera a las dos de la tarde, y envié yo mismo la carta, con la primera diligencia de la mañana.
A la hora fijada estábamos delante de la puerta.


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