David Copperfield (Charles Dickens) - pág.346
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-Sólo le pido que tenga en mí la misma confianza que tendría en una mujer de estatura corriente, ni más ni menos -dijo la criaturita cogiéndome, suplicante, la mano-. Si usted vuelve a verme de un modo diferente a como me ve ahora; si me ve enloquecer, como me ha visto la primera vez, fíjese en la gente que me rodea. Recuerde que soy una pobre criatura sin socorro y sin defensa. Figúrese usted a miss Mowcher volviendo a su casa por la noche, reuniéndose con su hermano, que es como ella, y con su hermana, que también lo es, después de terminar su jornada de trabajo, y quizá entonces sea usted más indulgente conmigo y no se sorprenda de mi pena ni de mi gravedad. ¡Buenas noches!
Estreché la mano de miss Mowcher con una opinión muy diferente de la que me había inspirado hasta entonces, y sostuve la puerta para que saliera. No era poco el abrir el enorme paraguas y ponerlo en equilibrio en su mano; sin embargo lo conseguí, y la vi bajar por la calle á través de la lluvia sin que nada indicase que había una persona debajo del paraguas, excepto cuando el agua que rebosaba de algunos canalones descargaba sobre él y le hacía inclinarse a un lado; entonces aparecía miss Mowcher en peligro, haciendo violentos esfuerzos para enderezarle.
Después de salir una o dos veces para socorrerla, pero sin resultado, pues algunos pasos más lejos el paraguas empezaba otra vez a saltar ante mí como un gran pájaro antes de que le alcanzara, entré a acostarme y me dormí hasta la mañana.
Míster Peggotty y mi niñera vinieron a buscarme muy temprano, y nos dirigimos a las oficinas de la diligencia, donde mistress Gudmige nos esperaba con Ham para decirnos adiós.
-Señorito Davy -me dijo Ham en voz baja y aparte, mientras míster Peggotty ponía su saco al lado del equipaje-; su vida está completamente destrozada; no sabe dónde va; no sabe lo que le espera; empieza un viaje que le va a llevar de aquí para allá hasta el fin de su vida (puede usted contar con ello), si es que no encuentra lo que busca. ¡Sé que será usted siempre un amigo para él, señorito Davy!
-Puedes estar seguro -le dije estrechando afectuosamente su mano.
-¡Gracias, gracias! Todavía una palabra. Yo me gano bien la vida, ¿sabe usted, señorito Davy? Es más; ahora no sabré en qué gastar lo que gano, ya no necesito más que lo justo para vivir. Si usted pudiera gastarlo por él, señorito, trabajaría de mejor gana. Aunque, en cuanto a eso -continuó en tono firme y dulce-, puede usted estar seguro de que no dejaré de trabajar como un hombre y que lo haré lo mejor que pueda.
Le dije que estaba convencido de ello, y no le oculté mi esperanza de que llegara un tiempo en que renunciaría a la vida solitaria a que por momentos se creía condenado para siempre.
-No, señorito -dijo moviendo la cabeza-.
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