David Copperfield (Charles Dickens) - pág.345
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Quedé confundido ante la revelación de tanta perfidia, y miré a miss Mowcher, que seguía paseándose. Cuando estuvo rendida se volvió a sentar y se enjugó el rostro con el pañuelo, sacudió la cabeza y no hizo más movimiento ni interrumpió el silencio.
-Mis viajes por provincias me han llevado ayer noche a Norwitch, míster Copperfield -añadió por fin-. Lo que por casualidad he sabido del secreto que había envuelto su llegada y su partida me extrañó al saber que usted no formaba parte de ella, y me hizo sospechar algo. Y ayer noche tomé la diligencia de Yarmouth en el momento en que pasaba por Norwitch, y he llegado aquí esta mañana, demasiado tarde, ¡ay!, ¡demasiado tarde!
La pobre miss Mowcher se estremecía a fuerza de llorar y de desesperarse; después se volvió hacia el fuego para calentar sus piececitos mojados entre las cenizas, y se quedó allí como una gran muñeca, con los ojos fijos en el fuego.
Yo estaba sentado en una silla al otro lado de la chimenea, sumido en mis tristes reflexiones y mirando tan pronto al fuego como a ella.
-Tengo que marcharme -dijo, por último, levantándose-, es tarde. ¿Usted no desconfiará de mí?
Al encontrar su mirada penetrante, más penetrante que nunca, cuando me dirigió aquella pregunta, no pude responder con un «no» franco del todo.
-Vamos -dijo aceptando la mano que le ofrecía para pasar por encima del guardafuegos y mirándome suplicante-, sabe usted muy bien que si fuera una mujer de estatura corriente no desconfiaría.
Comprendí que tenía mucha razón, y me avergonce un poco de mí mismo.
-Es usted muy joven -me dijo- Escuche usted un consejo, aunque sea de una criatura como yo, que no levanta tres pies del suelo. Trate, amigo mío, de no confundir las deformidades físicas con las morales, a menos que tenga razones para ello.
Cuando se vio libre del guardafuegos y yo de mis sospechas, le dije que no dudaba de que me había explicado fielmente sus sentimientos, y que los dos habíamos sido instrumentos ciegos en aquellas pérfidas manos. Miss Mowcher me dio las gracias, añadiendo que era un buen muchacho.
-Ahora, fíjese -dijo en el momento de llegar a la puerta, volviéndose a mirarme con el dedo levantado y expresión maliciosa- Tengo razones para suponer, por lo que he oído decir (pues siempre tengo el oído pronto; debo utilizar las facultades que poseo), que han partido para el extranjero. Pero si vuelven, o alguno de los dos vuelve estando yo viva, tengo más facilidades que otro para saberlo, pues ando siempre de un lado para otro; todo lo que yo sepa lo sabrá usted, y si puedo alguna vez ser útil de cualquier modo a esa pobre niña, lo haré con toda mi alma, si Dios quiere. En cuanto a Littimer, más le valdría tener un perro dogo tras de sus huellas que a la pequeña Mowcher.
No pude por menos de dar fe interiormente a aquella promesa cuando vi la expresión de su mirada.
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