David Copperfield (Charles Dickens) - pág.344
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Y si os tengo que servir de juguete a vosotros los gigantes, al menos tratad con dulzura al juguete.
Miss Mowcher volvió a guardarse el pañuelo en el bolsillo, y mirándome intensamente prosiguió:
-Le he visto hace un momento en la calle. Como supondrá usted, yo no puedo andar tan deprisa como usted, con mis piernas cortas y mi débil aliento, y no he podido alcanzarle; pero adivinaba dónde se dirigía usted y lo he seguido. Ya he venido hoy una vez aquí; pero la buena mujer no estaba en casa.
-¿Es que la conoce usted? -le pregunté.
-He oído hablar de ella -replicó- en casa de Omer y Joram. Esta mañana, a las siete, estaba allí. ¿Recuerda usted lo que Steerforth me dijo de esa desgraciada niña el día en que los vi a los dos en el hotel?
El gran sombrero que llevaba en la cabeza miss Mowcher y el más grande todavía que se reflejaba en la pared empezaron a columpiarse de nuevo cuando me hizo esta pregunta.
Le contesté que lo recordaba muy bien y que había pensado muchas veces en ello durante el día.
-¡Que el padre de la mentira le confunda -dijo la enanita levantando un dedo ante sus ojos llameantes- y que confunda diez veces más a su miserable criado! Y yo convencida de que era usted el que tenía por ella una pasión desde hacía muchos años.
-¿Yo? -repetí.
-¡Qué niño es usted y qué mala suerte tan ciega! -exclamó miss Mowcher torciéndose las manos con impaciencia-. ¿Por qué la elogiaba usted tanto, ruborizado y confuso?
No podía negar que decía la verdad, aunque había interpretado mal mi emoción.
-¿Cómo iba yo a adivinarlo? -dijo miss Mowcher sacando de nuevo su pañuelo y golpeando con el pie cada vez que se enjugaba los ojos con las dos manos-. Yo me daba cuenta de que Steerforth le atormentaba a usted y le mimaba al mismo tiempo, y que usted era como cera blanda entre sus manos. Y no hacía un momento que había dejado la habitación, cuando su criado me dijo que el joven inocente (así le llamaba; usted puede llamarle el viejo canalla sin perjudicarle) estaba loco por la chica y la chica por él; que su señor estaba decidido a que las cosas no tuvieran malas consecuencias, más por afecto a usted que por ella, y que con ese objeto estaban en Yarmouth. ¿Cómo no creerle? Había visto que Steerforth le mimaba a usted y le halagaba haciendo el elogio de la muchacha. Usted fue quien habló de ella el primero. Usted confesó que hacía tiempo la había amado. Tenía calor y frío, enrojecía y palidecía cuando yo hablaba de ella. ¿Qué quiere usted que pensara sino que era usted un pequeño libertino en ciernes, a quien no faltaba más que la experiencia, y que entre las manos en que había caído la experiencia no le faltaría mucho tiempo si no se encargaba de dirigirla por el buen camino, como era su capricho? ¡Oh, oh, oh! Es que tenían miedo de que descubriese la verdad -exclamó miss Mowcher levantándose para trotar de arriba abajo por la cocina y levantando al cielo sus dos bracitos desesperadamente-; sabían que soy bastante viva, pues lo necesito para salir adelante en el mundo, y se pusieron de acuerdo para engañarme; y me hicieron dar a aquella desgraciada una carta, el origen, me temo mucho, de sus relaciones con Littimer, que se quedó aquí expresamente para ello.
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