David Copperfield (Charles Dickens) - pág.343
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-Estoy muy sorprendido -empecé a decir- de verla tan seriamente preocupada... -Pero me interrumpió:
-Sí, siempre me ocurre lo mismo. Todos los seres privilegiados que tienen la suerte de llegar a su pleno desarrollo se sorprenden de encontrar sentimientos en una pobre enana como yo. No soy para ellos más que un juguete, con el que se divierten, para tirarme a la basura cuando se cansan; se imaginan que no tengo más sensibilidad que un caballo de cartón o un soldado de plomo. Sí, sí; eso me ocurre siempre; no es cosa nueva.
-Yo no puedo hablar más que de mí; pero le aseguro que no soy de ese modo. Quizá no hubiera debido sorprenderme de verla a usted en ese estado, puesto que no la conozco apenas. Dispénseme; se lo he dicho sin intención.
-¿Qué quiere usted que haga? -replicó la mujercita, en pie, y levantando los brazos para que la viera mejor-. Vea usted: mi padre era como yo; mi madre, lo mismo; mi hermano, también, a igualmente mi hermana. Trabajo para mi hermano y mi hermana desde hace muchos años... sin descanso, míster Copperfield, todo el día. Hay que vivir. Yo no hago daño a nadie. Si hay personas lo bastante crueles para burlarse de mí, ¿qué quiere usted que haga yo? Tengo que hacer lo mismo que ellos; y por eso he llegado a reírme de mí misma, de los que se ríen de mí y de todo. Se lo pregunto: ¿quién tiene la culpa? Por lo menos yo no la tengo.
No, no; veía muy bien que no era la culpa de miss Mowcher.
-Si hubiera dejado sospechar a su pérfido amigo que no por ser enana dejaba de tener un corazón como el de cualquier otro -continuó, moviendo la cabeza con expresión de reproche-, ¿cree usted que me habría demostrado nunca el menor interés? Si la pequeña Mowcher (no tiene la culpa de ser como es, pues no se ha hecho a sí misma, caballero) se hubiera dirigido a él o a cualquiera de sus semejantes en nombre de sus desgracias, ¿cree usted que habrían escuchado siquiera su vocecita? Sin embargo, la pequeña Mowcher necesitaba vivir, aunque hubiera sido la más tonta y la más gruñona de los pigmeos; pero no hubiese conseguido nada, ¡oh, no! Se habría agotado pidiendo un pedazo de pan, y la hubiesen dejado morir de hambre; y, sin embargo, ¡no puede alimentarse del aire!
Miss Mowcher se sentó de nuevo, sacó su pañuelo y se enjugó los ojos.
-¡Vamos! Si tiene usted el corazón bueno, como creo, más bien me debía felicitar por haber tenido el valor, dentro de lo que soy, de soportarlo todo alegremente. Yo misma me felicito de poder hacer mi poquito de camino en el mundo sin deber nada a nadie y sin tener que dar por el pan que me lanzan al pasar, por tontería o vanidad, más que algunas bufonadas a cambio. Y si no me paso la vida lamentándome por lo que me falta, mejor para mí; con eso no hago daño a nadie.
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