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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.342

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Los dejé juntos y emprendí el camino hacia casa de Peggotty, quizá más melancólico que nunca.
Aquella excelente criatura (me refiero a Peggotty), sin pensar en su cansancio ni en sus preocupaciones recientes, ni en tantas noches que había pasado sin dormir, se había quedado en casa de su hermano para no abandonarle hasta el momento de su partida, y en la casa no había conmigo más que una mujer vieja, que se encargaba de la limpieza hacía unas semanas, cuando Peggotty no pudo ya ocuparse. Como yo no tenía ninguna necesidad de sus servicios, la mandé acostarse, con gran satisfacción suya, y me senté delante del fuego de la cocina, para reflexionar un poco sobre todo lo que había ocurrido.
Confundía los últimos sucesos con la muerte de Barkis, y veía al mar, que se retiraba a lo lejos; recordaba la mirada extraña que Ham había fijado en el horizonte, cuando fui sacado de mis sueños por un golpe dado en la puerta. La puerta tenía aldaba; pero el ruido no era de la aldaba: era una mano la que había llamado, y muy abajo, como si fuera un niño el que quería que le abrieran.
Me apresuré más que si hubiera sido un lacayo oyendo un aldabonazo en casa de un personaje de distinción; abrí, y en el primer momento, con gran sorpresa, no vi más que un inmenso paraguas, que parecía andar solo; pero pronto descubrí bajo su sombra a miss Mowcher.
No hubiese estado muy dispuesto a recibir bien a aquella criatura si en el momento de retirar su paraguas, que no conseguía cerrar, hubiera encontrado en su rostro aquella expresión grotesca que tanta impresión me causó en nuestro primer encuentro. Pero cuando me miró fue con una expresión tan grave, que le quité el paraguas (cuyo volumen hubiera sido incómodo hasta para el gigante irlandés), mientras ella extendía sus manos con una expresión de dolor tan viva que sentí hasta simpatía por ella.
-Miss Mowcher -dije después de haber mirado a derecha a izquierda en la calle desierta sin saber lo que buscaba-, ¿cómo está usted aquí? ¿Qué le pasa a usted?
Me hizo señas con su corto brazo derecho de que cerrara el paraguas, y entrando con precipitación pasó a la cocina. Cerré la puerta y la seguí con el paraguas en la mano, encontrándola ya sentada en un rincón, balanceándose hacia adelante y hacia atrás y apretándose las rodillas con las manos como una persona que sufre.
Un poco inquieto por aquella visita inoportuna y por ser único espectador de aquellas extrañas gesticulaciones, exclamé de nuevo:
-Miss Mowcher, ¿qué le ocurre a usted? ¿Está usted enferma?
-Hijo mío -replicó miss Mowcher apretando sus manos contra su corazón-, estoy enferma, muy enferma, cuando pienso en lo que ha ocurrido y en que hubiese podido saberlo, impedirlo quizá, si no hubiera estado tan loca y aturdida como estoy.
Y su gran sombrero, tan poco apropiado a su estatura de enana, se balanceaba siguiendo los movimientos de su cuerpecito y haciendo bailar al unísono tras de ella, en la pared, la sombra de un sombrero gigantesco.


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