David Copperfield (Charles Dickens) - pág.340
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Y, en efecto, no sabía dónde estaba, y su espíritu vagaba en la mayor confusión.
Míster Peggotty se detuvo para damos tiempo a que le alcanzáramos y no continuamos; pero el recuerdo de mis primeros temores me volvió más de una vez hasta el día en que el inexorable fin llegó en el momento fijado.
Nos habíamos acercado sin damos cuenta al barco. Entramos. Mistress Gudmige, en lugar de lamentarse en su rincón de costumbre, estaba muy ocupada preparando el desayuno. Acercó una silla a míster Peggotty, le cogió el sombrero y habló con tal dulzura y buen sentido, que no la reconocía.
-Vamos, Daniel, buen hombre -decía-, hay que comer y beber para conservar las fuerzas; si no no podrás hacer nada. Vamos, un esfuerzo, y valor, querido, y si lo molesto con mi charla, me lo dices y termino.
Cuando nos hubo servido a todos se retiró al lado de la ventana para repasar las camisas y demás trapos de míster Peggotty, que dobló después con cuidado para encerrarlos en un viejo saco de hule como los que llevan los marineros. Durante aquel tiempo continuaba hablando con la misma dulzura.
-Siempre, en todas las estaciones del año -decía mistress Gudmige-, continuaré aquí, y todo seguirá como deseas. No soy muy instruida, pero te escribiré de vez en cuando, cuando te hayas marchado, y enviaré mis cartas al señorito Davy. Quizá tú también me escribas alguna vez, Dan, para decirme cómo te encuentras mientras viajas solo en tus tristes pesquisas.
-Temo que tu vayas a encontrar muy aislada -dijo míster Peggotty.
-No, no, Daniel; no hay cuidado; no te preocupes por mí. ¿Te parece poco entretenimiento tener todas las cosas en orden -mistress Gudmige se refería a la casa- para tu regreso y para el de todos los que puedan volver, Dan? Cuando haga buen tiempo me sentaré a la puerta, como hacía siempre. Y si alguien vuelve, podrá ver desde lejos a la vieja viuda, a la fiel guardiana del hogar.
¡Qué cambio había dado mistress Gudmige en tan poco tiempo! Era otra persona. Tan abnegada, tan comprensiva, consciente de lo que era bueno decir y de lo que convenía callar; pensando tan poco en sí misma y tan preocupada con la pena de los que la rodeaban, que yo la miraba con una especie de veneración. ¡Cuánto trabajo aquel día! Había en la playa muchísimas cosas que convenía guardar en el cobertizo: velas, redes, remos, cuerdas, palos, cazuelas para las langostas, sacos de arena para el lastre, etc. Y aunque la ayuda no faltó, pues no hubo en la playa un par de manos que no estuvieran dispuestas a trabajar con toda su alma para míster Peggotty, y demasiado dichosas de poder ayudarle en algo, sin embargo, mistress Gudmige continuó todo el día arrastrando fardos muy por encima de sus fuerzas, y corriendo de acá para allá ocupada en una multitud de cosas inútiles. Y nada de sus lamentaciones de costumbre sobre sus desgracias; parecía haberlas olvidado por completo.
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