David Copperfield (Charles Dickens) - pág.339
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-Mañana me iré con usted, señorito -dijo-, si le parece bien.
Dimos de nuevo algunos paseos en silencio.
-Ham continuará trabajando aquí -añadió después de un momento-. Se irá a vivir a casa de mi hermana. En cuanto al viejo barco...
-¿Es que abandonará usted el viejo barco, míster Peggotty? -pregunté con dulzura.
-Mi sitio no está ya allí, señorito Davy; y si alguna vez ha naufragado un barco desde que las tinieblas existen sobre la superficie del abismo, es este. Pero no, señorito, no; yo no quiero abandonarlo, ni mucho menos.
Andamos otro rato en silencio, y después continuó:
-Lo que deseo, señorito, es que esté siempre, día y noche, invierno como verano, tal como ella lo ha conocido siempre desde la primera vez que lo vio. Si alguna vez sus pasos errantes se dirigen hacia aquí, no quiero que su antigua morada parezca rechazarla; al contrario, quiero que la invite a acercarse a la vieja ventana, como un aparecido, para mirar, a través del viento y la lluvia, su rinconcito al lado del fuego. Entonces, señorito Davy, quizá viendo a mistress Gudmige sola tenga valor y se deslice dentro temblando; quizá se deje acostar en su antigua camita y repose su cabeza fatigada allí donde antes se dormía tan alegremente.
No pude contestar, a pesar de todos mis esfuerzos.
-Todas las noches -continuó míster Peggotty-, a la caída de la tarde, la luz se pondrá como de costumbre en la ventana, con el fin de que si algún día llega a verla crea que se oye llamar con dulzura: «Vuelve, hija mí; vuelve». Y si alguna vez llaman a la puerta de tu tía por la noche, Ham, sobre todo si llaman suavemente, no vayas a abrir tú. ¡Que sea a mi hermana y no a ti a quien vea primero la pobre niña!
Dio algunos pasos y anduvo delante de nosotros unos momentos. Durante aquel intervalo lancé de nuevo una mirada a Ham, y viendo la misma expresión en su rostro, con la mirada siempre fija en el resplandor lejano, le toqué en el brazo. Le llamé dos veces por su nombre como si hubiera querido despertar a un hombre dormido, sin que me hiciera caso. Cuando por fin le pregunté en qué pensaba, me respondió:
-En lo que tengo delante de mí, señorito Davy, y en lo de más allá.
-¿En la vida que se abre ante ti, quieres decir?
Me había señalado vagamente el mar.
-Sí, señorito Davy; no sé bien lo que es, pero me parece... que es de allá abajo de donde vendrá el fin.
Y me miró como un hombre que se despierta; pero con la misma resolución.
-¿El fin de qué? -pregunté, sintiendo renacer mis temores.
-No lo sé -dijo con aire pensativo-; recordaba que era aquí donde había empezado todo, y... naturalmente, pensaba que aquí es donde debe terminar. Pero no hablemos más, señorito Davy -añadió, respondiendo, según pareció, a mi mirada-; no tenga miedo; estoy tan inquieto, me parece, que no sé.
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