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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.335

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El recuerdo de la mirada que dirigió al cielo, cargado de nubes; del temblor de sus manos juntas, de la angustia que expresaba toda su persona, todavía ahora está unido en mi espíritu al de la vasta soledad de la playa. En la oscuridad de la noche, él era el único personaje de la escena.
-Usted es un sabio -dijo con precipitación- y sabrá lo mejor que puede hacerse. ¿,Cómo anunciárselo a su tío, señorito Davy?
Vi moverse la puerta, a instintivamente hice un movimiento para sujetar el picaporte desde el exterior, para ganar algún momento. Pero era demasiado tarde. Míster Peggotty asomó la cabeza, y no olvidaré nunca el cambio que se produjo en su expresión al vernos; no, aunque viviera quinientos años no lo olvidaría.
Recuerdo un gemido y un grito. Las mujeres le rodean, y estamos todos de pie en la habitación, yo teniendo en la mano un papel que Ham me acaba de entregar. Míster Peggotty, con el chaleco entreabierto, los cabellos en desorden, el rostro y los labios muy pálidos, la sangre, que debió salir de su boca, brillando en su pecho, me mira fijamente.
-Lea usted, señorito -dice lentamente, en voz baja y temblorosa-; haga el favor, para que trate de comprender.
En medio de un silencio de muerte leí una carta, medio borrada por las lágrimas, que decía:

«Cuando recibas esta carta, tú que me amas infinitamente, más de lo que he merecido nunca, incluso cuando mi corazón era inocente, estaré ya muy lejos.

-Estaré lejos -repitió míster Peggotty lentamente-. Espere. Emily estará lejos, ¿y qué más?

» Cuando deje mi querido hogar, ¡oh mi querido hogar!, por la mañana -la carta estaba fechada la víspera por la noche- será para no volver nunca, a menos que me traiga después de haber hecho de mí una señora. Encontraréis esta carta la noche del día de mi marcha, muchas horas después, en el momento en que esperéis verme. ¡Oh, si supierais cómo tengo el corazón destrozado! Si tú, Ham, sobre todo; tú, con quien tan mal me porto y que no podrás nunca perdonarme, ¡si supieras lo que sufro! Pero soy demasiado culpable para hablarte de mí. ¡Oh, sí!, consuélate con el pensamiento de que soy culpable. ¡Oh! Y, por piedad, dile a mi tío que no le he amado nunca ni la mitad que ahora. No recordéis toda la bondad y el afecto que me habéis demostrado; no recuerdes que debíamos casarnos; trata de convencerte de que llevo muerta desde que era pequeñita y de que estoy enterrada en cualquier parte. Que el cielo, del que no soy digna de implorar la piedad para mí, la tenga al menos para mi tío. Dile que nunca le he querido ni la mitad que ahora. Consuélale. Ama a alguna buena muchacha que sea para mi tío lo que yo era antes, que sea digna de ti y que te sea fiel; bastante tenéis con mi vergüenza para desesperaros. ¡Que Dios os bendiga a todos! Le rogaré a menudo por todos, de rodillas.


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