David Copperfield (Charles Dickens) - pág.334
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No podría ver que se tratara mal cualquier objeto que le perteneciese, por nada del mundo. He aquí cómo soy un niño, si queréis bajo la forma de un gran erizo de mar -dijo míster Peggotty abandonando su seriedad para lanzar una sonora carcajada.
Peggotty y yo también reímos, pero no tan alto.
-Supongo que esto debe de provenir -continuó mister Peggotty con el rostro radiante y frotándose siempre las piernas- de haber jugado tanto con ella haciendo como que éramos turcos y franceses y toda clase de extranjeros, y hasta leones y ballenas, y qué sé yo cuántas cosas, cuando no me llegaba a las rodillas. De eso debe de provenir. ¿Veis muy bien esta vela, no? -dijo míster Peggotty, que continuaba riendo mientras nos la enseñaba-. Pues bien: estoy seguro de que cuando se haya casado y marchado la seguiré poniendo ahí igual que ahora. Estoy seguro de que cuando esté aquí por la noche (¿y dónde iría a vivir, os pregunto, sea cual sea la fortuna que me llegue?), cuando ella no esté aquí o no esté yo en su casa, pondré la luz en la ventana y me sentaré al lado del fuego haciendo como que la estoy esperando como ahora. Así soy un niño -dijo míster Peggotty con una nueva carcajada- bajo la forma de un erizo de mar. ¿Veis? En este momento, mientras veo brillar la luz, me digo: «Emily la ve, ya estará cerca». Y por eso os parezco un niño bajo la forma de un erizo de mar. Después de todo, no me equivoco -continuó míster Peggotty, interrumpiéndose en medio de su carcajada y palmoteando-, porque aquí está.
Pero no; era Ham, que venía solo. La lluvia debía de haber arreciado mucho desde que yo había entrado, pues Ham llevaba un gran sombrero de hule encajado hasta los ojos.
-¿Dónde está Emily? -dijo míster Peggotty.
Ham hizo un movimiento de cabeza como indicando que estaba en la puerta. Míster Peggotty quitó la luz de la ventana, la despabiló, la volvió a poner encima de la mesa y se puso a atizar el fuego, mientras Ham, que no se había movido, me dijo:
-Señorito Davy, ¿quiere usted venir fuera conmigo un momento para ver lo que Emily y yo tenemos que enseñarle?
Salimos. Al pasar a su lado por la puerta vi, con tanta sorpresa como susto, que estaba pálido como la muerte. Me empujó con precipitación fuera y volvió a cerrar la puerta trás de nosotros. Sólo estábamos los dos.
-Ham, ¿qué sucede?
-¡Señorito Davy! ¡Ay! ¡Su pobre corazón roto! ¡Cómo lloraba amargamente!
Yo estaba como petrificado a la vista de aquel dolor; no sabía qué pensar ni qué temer; no sabía más que mirarle.
-Ham, amigo mío; ¡en nombre del cielo, dime lo que ha ocurrido!
-Mi amor, señorito Davy; el orgullo y la esperanza de mi vida, por quien hubiera querido morir, por quien todavía querría morir, ¡se ha marchado!
-¿Se ha marchado?
-Emily ha huido, y piense cómo ha huido, cuando yo le pido a la bondad de Dios y a su misericordia que la mate (a ella, a quien quiero por encima de todo) antes que dejarla perderse y deshonrarse.
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