David Copperfield (Charles Dickens) - pág.333
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Ha cumplido con su deber para con el difunto, y él lo sabía, pues también ha cumplido su deber para con ella como ella lo había cumplido para con él; y... y todo ha sucedido bien.
Mistress Gudmige gruñó.
-Vamos, ¡valor, hermosa comadre! -dijo míster Peggotty; pero sacudió la cabeza mirándonos de reojo, para darnos a entender que los últimos sucesos eran oportunos para recordarle al «viejo»-. No se deje abatir. ¡Valor! Un pequeño esfuerzo, y ya verá usted cómo después todo va bien.
-Para mí no, Dan -contesto mistress Gudmige-; lo único bueno que me puede ocurrir es quedarme sola y aislada.
-No, no -dijo míster Peggotty en tono consolador.
-Sí, sí, Dan -dijo mistress Gudmige-. Yo no soy persona para vivir con gentes que han heredado. He sido demasiado desgraciada, y haríais bien desembarazándoos de mí.
-¿Y cómo iba a poder gastarme el dinero sin ti? -dijo míster Peggotty en tono de seria queja-. ¿Qué estás diciendo? ¿Acaso no lo necesito más que nunca?
-Ya sabía yo que antes no me necesitaban -exclamó mistress Gudmige con el acento más lamentable-, y ahora ya no se ocultan para decirlo. ¿Cómo podía yo hacerme ilusiones de que me necesitaban, una pobre mujer aislada y desolada y que no hace más que dar la mala suerte?
Míster Peggotty parecía recriminarse a sí mismo por haber dicho algo que pudiera tener un sentido tan cruel; pero Peggotty le impidió contestar tirándole de la manga y moviendo la cabeza. Después de haber mirado un momento a mistress Gudmige, con profunda ansiedad miró el reloj, se levantó, avivó el fuego de la vela y la puso en la ventana.
-Aquí-dijo míster Peggotty con aire satisfecho-, aquí estamos, mistress Gudmige.
Mistress Gudmige lanzó un débil gemido.
-¡Ya tenemos la luz como de costumbre! ¿Me pregunta usted lo que estoy haciendo, señorito? Es para nuestra pequeña Emily. ¿Sabe usted? El camino está oscuro, y no resulta muy alegre en la oscuridad; por ello cuando estoy en casa a la hora de su regreso pongo la luz en la ventana, y así sirve para dos cosas: en primer lugar -dijo míster Peggotty inclinándose hacia mí con alegría-, Emily piensa: «Allí está la casa»; y también: « Mi tío está ya», pues si yo no estoy, tampoco está la luz.
-¡Eres un niño! -dijo Peggotty, muy entusiasmada con aquello.
-Bien -dijo míster Peggotty, con las piernas un poco separadas y paseando sus manos por encima, con expresión de profunda alegría y mirando alternativamente al fuego y a nosotros-. No sé si lo seré; al menos a la vista no.
-No del todo -observó Peggotty.
-No -dijo míster Peggotty riendo-, a la vista no; pero, reflexionándolo bien, me tiene sin cuidado, ¿saben ustedes?
Voy a decirles: Cuando miro a mi alrededor en esta linda casita de nuestra Emily... me siento..., me siento... -dijo míster Peggotty en un impulso de entusiasmo-. ¡No puedo decir más!; me parece que los objetos más insignificantes son, por decirlo así, una parte de ella misma; los cojo, los muevo y los toco con la misma delicadeza que si fueran nuestra Emily; lo mismo me ocurre con sus sombreritos y con todas sus cosas.
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