David Copperfield (Charles Dickens) - pág.332
Indice General
|
Volver
Página 332 de 653
Pero el contarlo no aumentará el daño; por lo tanto, ¿qué adelantaría con detener aquí mi pluma temblorosa? Lo hecho, hecho está, y nada podría deshacerlo, nada puede cambiar la menor cosa.
Peggotty debía venirse conmigo a Londres al día siguiente para las cuestiones del testamento. La pequeña Emily había pasado el día en casa de míster Omer, y debíamos reunirnos todos por la noche en el viejo barco. Ham debía recoger a Emily a la hora de costumbre; yo volvería a pie paseándome. El hermano y la hermana harían el viaje de vuelta como el de ida, y pasaríamos la velada al lado del fuego.
Nos separamos en la barrera donde un Straps imaginario había reposado con el saco de Roderick Random en tiempos pasados; y en lugar de volver directamente, di algunos pasos por la carretera de Lowestoft; después volví sobre mis pasos y tomé el camino de Yarmouth. Me detuve para comer en un café muy bueno, situado a unas dos millas del.Ferry´s del que he hablado; el día acababa, y llegué a la orilla al atardecer. Llovía mucho; el viento era fuerte, pero la luna aparecía de vez en cuando a través de las nubes, y la oscuridad no era completa.
Pronto estuve a la vista de la casa de míster Peggotty y distinguí la luz que brillaba en la ventana. Ya estoy pateando en la arena húmeda antes de llegar a la puerta. Ya he entrado.
Todo tenía su aspecto agradable y cómodo. Míster Peggotty fumaba su pipa de la noche, y los preparativos de la cena seguían su curso; el fuego ardía alegremente; habían quitado las cenizas. La caja en que se sentaba la pequeña Emily la esperaba en el rincón de costumbre. Peggotty estaba sentada en el lugar que ocupaba antes de casarse, y si no fuera por su traje de viuda hubiera podido creerse que no lo había abandonado nunca. Había resucitado su caja de labor, con la catedral de Saint Paul en la tapa. El metro dentro de su chocita y el pedazo de cera seguían en su puesto como el primer día. Mistress Gudmige gruñía un poco en su rincón, como de costumbre, lo que hacía más fuerte la ilusión.
-Llega usted el primero, señorito Davy -dijo míster Peggotty radiante-. Quítese ese traje si está mojado, señorito.
-Gracias, míster Peggotty -le dije dándole mi gabán para que lo colgara-, el traje está completamente seco.
-Es verdad -dijo míster Peggotty palpándome los hombros-, completamente seco; siéntese aquí, señorito; no tengo necesidad de decirle que es usted bien venido, pero es igual de todos modos: lo es usted; se lo digo de todo corazón.
-Gracias, míster Peggotty; ya lo sé. Y tú, Peggotty, ¿cómo estás? -le dije dándole un beso.
-¡Ja, ja, ja! -dijo míster Peggotty riéndose y sentándose a nuestro lado, mientras se frotaba las manos como hombre a quien no disgusta encontrar una distracción honrada a sus penas recientes; y con toda la cordial franqueza habitual en él-. Es lo que le digo siempre a mi hermana: no hay una mujer en el mundo, señorito, que pueda tener el espíritu más tranquilo que ella.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
301
302
303
304
305
306
307
308
309
310
311
312
313
314
315
316
317
318
319
320
321
322
323
324
325
326
327
328
329
330
331
332
333
334
335
336
337
338
339
340
341
342
343
344
345
346
347
348
349
350
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-500
501-550
551-600
601-650
651-653
|