David Copperfield (Charles Dickens) - pág.331
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Como el último objeto era evidente que había sido frotado y mostraba los colores del prisma, estoy muy inclinado a creer que Barkis tenía una idea general sobre las perlas que nunca había llegado a resolver ni a definirse.
Durante años y años Barkis había llevado siempre consigo el cofre en todos sus viajes, y para despistar mejor a quien pudiera espiarle había pensado en escribir con mucho cuidado sobre la tapa, en caracteres que se habían ido borrando con el tiempo, la dirección de «Míster Blackboy: que lo conserve Barkis hasta que sea reclamado».
Pronto me di cuenta de que no había perdido el tiempo economizando durante tantos años. Su fortuna en dinero sumaba cerca de tres mil libras esterlinas. Legaba el usufructo de mil a míster Peggotty durante toda su vida; a su muerte, el capital debía ser repartido, a partes iguales, entre Peggotty, la pequeña Emily y yo, o aquel de nosotros que sobreviviera. Dejaba a Peggotty todo lo demás, nombrándola heredera universal y única ejecutora de sus últimas voluntades expresadas en el testamento.
Estaba yo orgulloso como un procurador cuando leí todo el testamento con la mayor ceremonia, explicando su contenido a todas las partes interesadas; empezaba a creer que el Tribunal tenía más importancia de la que yo había supuesto. Examiné el testamento con la mayor atención y declaré que estaba perfectamente en regla sobre todos los puntos, a hice una o dos anotaciones con lápiz al margen, muy sorprendido de saber tanto.
Pasé la semana que precedió al entierro haciendo este examen un poco abstracto y levanté inventario de la fortuna que le tocaba a Peggotty, poniendo en orden todos los asuntos. En una palabra, fui su consejero y su oráculo para todo. No volví a ver a Emily en este intervalo; pero me dijeron que pensaba casarse discretamente quince días después.
No seguí el entierro de modo formal. Me refiero a que no me revestí de manto negro ni de largo crespón, para asustar a los pájaros, sino que me fui a pie, temprano, a Bloonderstone, y ya me encontraba en el cementerio cuando llegó el féretro, seguido únicamente de Peggotty y de su hermano. El loco nos miraba desde mi ventana; el niño de míster Chillip movía su gran cabeza dando vueltas a sus ojos redondos para mirar al pastor por encima del hombro de su niñera; míster Omer soplaba en segunda línea, y no había nadie más, y todo se hizo tranquilamente. Nosotros nos paseamos por el cementerio durante una hora después de terminar la ceremonia y cogimos algunas hojas tiernas, apenas entreabiertas, del árbol que daba sombra a la tumba de mi madre.
Aquí el miedo se apodera de mí; una nube sombría se extiende por encima del pueblo, que veo a lo lejos al dirigir hacia allí mis pasos solitarios. Tengo miedo de acercarme. ¿Cómo podré soportar el recuerdo de lo que nos ocurrió durante aquella noche memorable, de lo que voy a tratar de recordar, si es que puedo dominar mi emoción?
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