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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.330

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Repetí en voz baja:
-¿Con la marea?
-En las costas -dijo mister Peggotty- siempre se muere con la marea baja, y, por el contrario, siempre se viene al mundo con la marea alta, y no se es totalmente del mundo más que en plena marea. Pues bien; él se irá con la marea. Esta baja a las tres y media y no volverá a subir hasta media hora después. Si dura hasta que el mar empiece a subir no entregará su espíritu mientras estemos en plena marea, y esperará para marcharse a la próxima marea baja.
Continuábamos allí mirándole. El tiempo transcurría; las horas pasaban. No puedo decir qué misterioso influjo ejercía mi presencia sobre él; pero cuando empezó a murmurar algunas palabras en su delirio hablaba de llevarme a la pensión.
-Vuelve en sí -dijo Peggotty.
Míster Peggotty me tocó en el brazo, diciéndome bajo, en tono convencido y respetuoso:
-La marea baja, y se va.
-Barkis, amigo mío -exclamó Peggotty.
-C. P. Barkis -exclamó él con voz débil-: ¡la mejor mujer que hay en el mundo!
-Mira; aquí está Davy -dijo Peggotty, pues abría los ojos.
Iba a preguntarle si me reconocía, cuando hizo un esfuerzo para extender su brazo, y me dijo claramente, con una dulce sonrisa:
-¡Barkis está dispuesto!
Y el mar bajaba, y se fue con la marea.

CAPÍTULO XI
UNA PÉRDIDA MAYOR
No había dificultad para mí en ceder a los ruegos de Peggotty, que me pedía que permaneciera en Yarmouth hasta que los restos del pobre carretero hubieran hecho por última vez el viaje de Bloonderstone. Había comprado desde hacía mucho tiempo, de sus economías, un rinconcito de tierra en nuestro antiguo cementerio, cerca de la tumba de «su querida niña», como llamaba siempre a mi madre, y allí reposarían sus restos.
Cuando lo pienso ahora me parece que no podía ser más dichoso de lo que lo era entonces acompañando a Peggotty y haciendo por ella lo poco que podía. Pero temo haber sentido una satisfacción todavía mayor (satisfacción personal y profesional) al examinar el testamento de Barkis y al apreciar su contenido.
Reclamo el honor de haber sugerido la idea de que el testamento estaría en el cofre. Después de algunas pesquisas, apareció en el fondo de una bolsa, en compañia de un poco de paja, de un antiguo reloj de oro con cadena y dijes, que Barkis había llevado el día de su boda y que nunca se le había visto ni antes ni después; de una pipa de plata que parecía una pierna; de una caja que parecía un limón, llena de tacitas y platitos que Barkis supongo habría comprado cuando yo era niño para regalármelo y que después no había tenido el valor suficiente para desprenderse de ello; y, por último, encontramos ochenta y siete monedas de oro, en guineas y medias guineas; doscientas diez libras en billetes de banco muy nuevos, algunas acciones del Banco de Inglaterra y una herradura vieja, un chelín falso, un trozo de alcanfor y una concha de ostra.


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