David Copperfield (Charles Dickens) - pág.329
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Si a su tío le arrojaran de casa y le obligaran a acostarse en un dique -dijo míster Peggotty con el mismo orgullo de un momento antes-, creo verdaderamente que querrías acompañarle, pero pronto me va a suplantar otro, ¿no es verdad, Emily?
Al subir un momento después, cuando pasé por el lado de la puerta de mi habitacioncita, que estaba sumida en la oscuridad, me pareció que Emily yacía tendida en el suelo; pero aun ahora no sé si era ella o si fue una ilusión de las sombras que confundían todo a mis ojos en las tinieblas de mi habitación.
Tuve tiempo de reflexionar, mirando el fuego de la cocina, en el terror que inspiraba la muerte a la pequeña y linda Emily, y pensé que esa sería, unido a las otras razones que me había dado míster Omer, la causa del cambio que se había operado en ella. Tuve tiempo, antes de que apareciera Peggotty, de pensar con más indulgencia en aquella debilidad, mientras contaba los latidos del péndulo del reloj, percibiendo cada vez más la solemnidad del silencio que reinaba a mi alrededor. Peggotty me estrechó en sus brazos y me dio las gracias mil veces por haber venido a consolarla en su tristeza (fueron sus propias palabras), y me rogó que subiera con ella, diciéndome, entre sollozos, que Barkis me apreciaba mucho; que había hablado mucho de mí antes de perder el conocimiento, y que en el caso en que lo recobrara estaba segura de que mi presencia le alegraría si es que todavía podia alegrarse con algo en el mundo.
Pero esto era cosa absurda, según me pareció cuando le vi. Estaba acostado con la cabeza y los hombros fuera del lecho, en una posición muy incómoda, medio apoyado en el cofre que le había costado tantas preocupaciones. Supe que cuando ya no había sido capaz de arrastrarse fuera del lecho para abrirlo, ni de asegurarse de que estaba allí por medio del bastón, como yo le había visto hacer, lo había hecho colocar encima de una silla al lado de su cama, donde lo tenía entre sus brazos noche y día. En aquel momento se apoyaba en él; el tiempo y la vida se le escapaban; pero conservaba su cofre, y las últimas palabras que había pronunciado para desechar sospechas eran: «Trajes viejos».
-Barkis, amigo mío -dijo Peggotty con un tono que trataba de hacer alegre inclinándose hacia él, mientras su hermano y yo permanecíamos a los pies de la cama-, aquí está mi querido niño Davy, que fue quien sirvió de intermediario en nuestro matrimonio, con el que enviabas tus mensajes, ¡ya lo sabes! ¿Quieres hablar al señorito Davy?
Continuaba mudo y sin conocimiento, como el cofre, que era lo único que daba algo de expresión a su fisonomía, por el cuidado celoso con que lo estrechaba.
-Se va con la marea -me dijo míster Peggotty tapándose la boca con la mano.
Mis ojos estaban húmedos y los de míster Peggotty también.
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