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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.328

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Durante mi última visita no había pensado en ello; pero ahora ¡qué extraño se me hacía no ver a Barkis en la cocina!
-Ha sido usted muy bueno viniendo, señorito Davy -me dijo míster Peggotty.
-¡Oh, sí, muy bueno! -dijo Ham.
-Emily -dijo míster Peggotty-, mira, querida, aquí está el señorito Davy. Vamos, ¡valor, hija mía! ¿No dices nada al señorito Davy?
Emily temblaba con todos sus miembros. Todavía la veo. Su mano estaba helada cuando la toqué; todavía la siento. No hizo más movimiento que retirarla; después se deslizó de su silla y, acercándose dulcemente a su tío, se inclinó sobre su pecho sin decir nada, temblando siempre.
-Tiene un corazoncito tan bueno -dijo míster Peggotty acariciando sus lindos cabellos con su mano callosa-, que no puede soportar esta pena. Es muy natural: los jóvenes, señorito Davy, no están acostumbrados a esta clase de pruebas y tienen la timidez de este pajarillo; ¡es natural!
Emily se estrechó contra su pecho sin decir una palabra ni levantar la cabeza.
-Es tarde, hija mía, y Ham te espera para llevarte a casa. Anda, vete con él; ¡también él tiene un corazón de oro! ¿Qué, Emily? ¿Qué dices, cariño mío?
El sonido de su voz no llegó a mis oídos; pero él bajó la cabeza como escuchando, y después dijo:
-¿Quieres quedarte con tu tío? ¡Vamos, de ninguna manera! ¿Quedarte con tu tío, chiquilla, cuando el que va a ser tu marido dentro de unos días está aquí para llevarte a casa? Vamos; nadie lo creería al ver a esta chiquilla al lado de un viejo gruñón como yo -dijo míster Peggotty mirándonos a los dos con un orgullo infinito-; pero el mar no contiene más sal que el corazón de la pequeña Emily contiene de ternura para su tío; ¡locuela!
-Emily tiene razón, señorito Davy -dijo Ham-; y puesto que Emily lo desea y está un poco inquieta y asustada, la dejaré aquí hasta mañana por la mañana. Pero permítanme que me quede también.
-No, no -dijo míster Peggotty-; no puede ser; ya es casi como si estuvieras casado, y no puedo perder un día de trabajo, ni tampoco velar esta noche y trabajar mañana. Vuélvete a casa. ¿Es que temes que no te cuidemos bien a Emily?
Ham cedió a aquellas razones y cogió su sombrero para marcharse. Hasta en el momento en que la besó (y yo no le veía nunca acercarse a ella sin pensar que la naturaleza le había dado un corazón de caballero), Emily parecía apretarse más contra su tío, tratando de evitar a su novio. Cerré la puerta tras de él, para no turbar el silencio que reinaba en la casa, y al volverme vi que mister Peggotty todavía estaba hablando a su sobrina.
-Ahora -le decía- voy a subir a decir a tu tía que el señorito Davy está aquí; eso la consolará. Siéntate al lado del fuego entre tanto, querida mía, y caliéntate las manos, que las tienes como el hielo. Pero ¿qué te pasa para tener tanto miedo y temblar de ese modo? ¿Qué? ¿Que quieres subir conmigo? Bueno, ven.


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