David Copperfield (Charles Dickens) - pág.327
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Esa casita está amueblada de arriba abajo y arreglada como si fuera de muñecas; y creo que si el pobre Barkis no se hubiera puesto tan malo, a estas horas estarían casados; pero eso lo ha retrasado.
-Y Emily, míster Omer -pregunté-, ¿está ahora más tranquila?
-Pues ¿sabe usted? -repuso acariciándose la papada-. Como es natural, no puede esperarse que se tranquilice estando a punto de cambiar y de separarse, y todo eso. La muerte de Barkis no lo retrasaría demasiado, pero sí su estado crónico de enfermedad. En todo caso, es una situación equívoca, como puede usted ver
-Sí, lo veo.
-En consecuencia, Emily está un poco preocupada, y hasta inquieta, quizá más que nunca. Parece amar cada vez más a su tío y sentir más vivamente el separarse de todos nosotros. Si le digo una palabra bondadosa se le saltan las lágrimas, y si usted la viera con la niña de Minnie, no podría olvidarlo jamás. Es extraordinario -dijo míster Omer reflexionando- lo que quiero a esa niña.
La ocasión me pareció propicia para preguntarle a míster Omer, antes de que volvieran Minnie y su yerno a interrumpimos, si sabía algo de Martha.
-¡Ah! -dijo sacudiendo la cabeza con abatimiento, Nada bueno. Es una historia triste por cualquier lado que se mire. Nunca he creído que esa muchacha esté corrompida; no lo diría delante de mi hija Minnie; se enfadaría; pero yo no lo he creído nunca.
Míster Omer percibió los pasos de su hija, que yo no había sentido todavía, y me tocó con la pipa, guiñándome un ojo como advertencia. Casi enseguida entró Minnie con su marido.
Traían la noticia de que Barkis estaba cada vez peor; que había perdido el conocimiento, y que míster Chillip había dicho tristemente en la cocina, al marcharse no hacía cinco minutos, que toda la escuela de Medicina, la de Cirugía y la de Farmacia reunidas no podrían salvarle. En primer lugar, los médicos y cirujanos no podían ya nada, había dicho míster Chillip, y todo lo que los farmacéuticos pudieran hacer sería envenenarle.
Al oír esta noticia y saber que mister Peggotty estaba en casa de su hermana decidí irme enseguida. Di las buenas noches a míster Omer y a míster y mistress Joram y tomé el camino de casa de Peggotty con una seria simpatía por Barkis, que lo transformaba completamente a mis ojos.
Llamé dulcemente a la puerta y míster Peggotty vino a abrirme. El verme no los sorprendió tanto como yo esperaba. Lo mismo observé en Peggotty cuando apareció, y es una cosa que he recordado después muy a menudo, pensando que en la espera de aquel terrible desenlace cualquier otro cambio o sorpresa no significaban nada.
Estreché la mano a míster Peggotty y entré en la cocina mientras él cerraba suavemente la puerta. La pequeña Emily, con la cabeza entre las manos, estaba sentada delante del fuego. Ham estaba de pie a su lado.
Hablábamos bajo y escuchábamos de vez en cuando los ruidos de la habitación de encima.
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