David Copperfield (Charles Dickens) - pág.326
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-A decir verdad -dijo míster Omer dejando su pipa para poder frotarse la barbilla-, yo cstrré más tranquilo cuando se haya casado.
-¿Por qué? -pregunté.
-Porque está inquieta -dijo míster Omer-. No es que no esté tan bonita como antes; al contrario, más bonita que nunca; ni es que trabaje menos; al contrario, valía por seis obreras y sigue valiéndolo; pero ella quiere alegría. ¿Comprende usted lo que quiero decir? -continuó míster Omer fumando un poco y restregándose después la barbilla-. Lo que se entiende en general por la expresión: «Vamos, ¡fuerte, valiente!, ¡un buen golpe de remo!, ¡otro buen golpe!, ¡hurra! » . A esto es a lo que me refiero que, en general, le falta a Emily.
El rostro y los ademanes de míster Omer eran tan expresivos, que pude, en conciencia, hacerle un gesto expresando que le comprendía. Mi vivacidad de comprensión pareció gustarle, y siguió:
-Ahora bien; yo considero que la principal causa de esto es el estado transitorio en que está. He hablado a menudo de esto con su tío y con su novio por las noches, después del trabajo, y considero que es la principal causa de su inquietud. Usted recordará siempre -prosiguió míster Omer- que Emily es una criaturita extraordinariamente afectuosa. El proverbio dice que no se puede hacer una bolsa de seda con la oreja de una trucha. Yo no sé nada; pero creo que, en efecto, sí se puede; la cosa es tener tiempo. Y usted sabe que ha hecho de ese viejo barco una morada que vale más que un palacio de piedra y mármol.
-Estoy seguro -dije.
-El ver a esa linda chiquilla acercarse a su tío, ver cómo cada día está más unida a él, es conmovedor. Y cuando sucede así es porque hay lucha, y ¿para qué prolongarla inútilmente?
Yo escuchaba atento al buen anciano, aprobando de todo corazón cuanto decía.
-Y por eso les he dicho -continuó míster Omer en tono de bondad y condescendencia-: «No consideréis el aprendizaje de Emily como un compromiso; podéis hacer lo que queráis. Sus servicios me han producido más de lo que me esperaba; Omer y Joram pueden borrar el resto del tiempo convenido, y estará la niña libre el día que les convenga a ustedes. Si después ella quiere arreglarse con nosotros para hacernos algún trabajo en su casa, muy bien; si no le conviene, también muy bien». De todas maneras, no nos perjudica, pues sabe usted -dijo míster Omer tocándome con su pipa- no hay cuidado de que un hombre tan corto de resuello como yo, y que además tiene nietos, vaya a oprimir a un hermoso pajarito de ojos azules como ella.
-No, no; no hay cuidado; ya lo sabemos -dije.
-No, no; tiene usted razón -dijo míster Omer-. Pues bien; su primo... ¿ya sabe usted que es su primo con quien se va a casar?
-¡Oh, sí! -repliqué-. Le conozco muy bien.
-Naturalmente -repuso míster Omer-; su primo, que está en buena posición y que tiene mucho trabajo, y después de haberme dado las gracias cordialmente (y debo decir que su conducta en este asunto me ha dado la mejor opinión de él), su primo ha alquilado una casita, la más confortable que pueda imaginarse.
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