David Copperfield (Charles Dickens) - pág.325
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Es una de las cosas molestas de nuestro oficio. Cuando hay algún enfermo, no podemos preguntar cómo sigue.
Era una dificultad que no había previsto; había temido, al entrar, oír el antiguo martillo. Sin embargo, puesto que míster Omer había tocado aquella cuerda, yo no podía por menos de aprobar su delicadeza.
-Sí, sí; ¿comprende usted? -dijo míster Omer con un movimiento de cabeza-. No nos atrevemos. Sería un golpe del que muchos no se repondrían si oían decir: «Omer y Joram le saludan y desean saber cómo se encuentra usted», hoy por la mañana, hoy por la tarde, según la ocasión.
Asentí con la cabeza, y Omer tomando aliento con ayuda de su pipa, continuó:
-Es una de las cosas del oficio que nos impiden tener muchas atenciones que de buena gana tendríamos a veces -dijo míster Omer-. Vea usted, por ejemplo: hace cuarenta años que conozco a Barkis. Si no he salido a hablarle toda las veces que pasaba por aquí, no he salido ninguna; pues bien, ahora no puedo ir a preguntar cómo sigue.
Convine con míster Omer que era muy desagradable.
-Y que no estoy yo menos cerca de ello que otro, míreme. La respiración me faltará uno de estos días y no es probable que esté muy interesado en la situación en que estoy. Digo que no es probable, tratándose de un hombre que sabe que cualquier día puede faltarle la respiración, y más todavía si ese hombre es abuelo -lijo míster Omer.
-No es nada probable -dije.
-Tampoco es que me queje de mi oficio -dijo míster Omer-. Todo tiene sus pros y sus contras; eso ya se sabe: todo lo que yo pediría es que se educara a la gente de manera que tuviera el espíritu un poco más fuerte.
Míster Omer fumó un instante en silencio con aire de bondad y complacencia; después dijo volviendo a su primer asunto:
-Estamos obligados a contentamos con saber las noticias de Barkis por Emily. Ella sabe nuestra verdadera intención y no tiene más escrúpulos ni sospechas que si fuéramos corderitos. Minnie y Joram acaban de ir a casa de Barkis, donde ella va también en cuanto termina su trabajo, para ayudar un poco a su tía. Han ido a saber del pobre hombre; si quiere usted esperar su vuelta, traerán noticias. ¿Quiere usted tomar algo? ¿Un ponche con ron? ¿Quiere usted tomarlo conmigo, pues es lo que bebo siempre mientras fumo? -dijo míster Omer cogiendo su vaso-. Dicen que es bueno para la garganta y que facilita esta desgraciada respiración. Pero, ¿sabe usted? -continuó con voz ronca-, no es el conducto lo que está en mal estado. Es lo que yo le digo siempre a Minnie: «Dame el soplo, hija mía, y yo me encargaré de encontrarle paso, querida».
Verdaderamente tenía el aliento tan corto que asustaba el verle reír. Cuando recobró la palabra le di las gracias por el ponche que me había ofrecido, y que rechacé diciendo que acababa de comer; pero añadí que, puesto que tenía la amabilidad de invitarme, esperaría la vuelta de su yerno y de su hija; después le pedí noticias de la pequeña Emily.
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