David Copperfield (Charles Dickens) - pág.324
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-Florecilla, si algún suceso llegara a separamos, piensa siempre en mí con indulgencia, amigo mío. Vamos, prométeme que pensarás en mí con indulgencia si las circunstancias llegan a separamos.
-¿Qué estás diciendo de indulgencia, Steerforth? -le dije-. Mi cariño y mi ternura por ti serán siempre los mismos y no tienen nada que perdonarte.
Me sentí tan arrepentido de haber sido injusto con él ni aun con pensamientos pasajeros, que estuve a punto de confesárselo. Sin la repugnancia que me causaba el traicionar la confianza de Agnes, y en el temor que sentía de no poder tocar aquel asunto sin comprometerla, le hubiera confesado todo antes de oírle decir: «¡Dios lo bendiga, Florecilla, y buenas noches!». En mi duda, no le dije nada; le estreché la mano y nos separamos.
Me levanté al despuntar el día, y después de vestirme sin ruido entreabrí su puerta. Dormía profundamente, tranquilamente, con la cabeza apoyada en el brazo, como tantas veces le había visto dormir en el colegio.
Llegó un tiempo, y no tardó mucho en llegar, en que me preguntaba cómo no habría turbado nada su reposo mientras yo le miraba. Pero dormía (me gusta pensar en él así de nuevo) como le había visto dormir tan a menudo en el colegio; y así en aquella hora silenciosa le dejé.
Para nunca más (¡oh, Steerforth, Dios lo perdone!) volver a tocar tu mano con un sentimiento de amor y de amistad. ¡Nunca, nunca más!
CAPÍTULO X
UNA DESGRACIA
Llegué por la noche a Yarmouth y me dirigí a la posada. Sabía que la habitación reservada por Peggotty, «mi habitación», sería ocupada pronto por otro, si es que el terrible «visitante» a quien todos los vivos tienen que dejar el sitio no había llegado ya a la casa. Me dirigí, por lo tanto, a la posada para comer y alquilar un cuarto.
Eran las diez de la noche cuando salí. La mayoría de las tiendas estaban cerradas, y el pueblo estaba triste. Cuando llegué ante la casa de Omer y Joram las ventanas estaban cerradas, pero la puerta de la tienda estaba abierta todavía. Como veía a lo lejos a míster Omer, que fumaba su pipa cerca de la puerta de la trastienda, entré y pregunté cómo estaba.
-Por mi alma, ¿es usted? -dijo míster Omer-. ¿Cómo está usted? Siéntese. ¿Supongo que el humo no le molestará.
-Nada de eso; al contrario, me gusta... en la pipa de otro.
-¿En la suya no? -dijo míster Omer riendo-. Tanto mejor, caballero; es mala costumbre para los jóvenes. Siéntese. Yo si fumo es a causa del asma.
Míster Omer había adelantado una silla para mí, y se volvió a sentar sin aliento, aspirando el humo de su pipa como si esperase encontrar en ella el soplo necesario a su existencia.
-Estoy muy preocupado con las malas noticias que me han dado de Barkis- le dije.
Míster Omer me miró con aire grave, sacudiendo la cabeza.
-¿Sabe usted cómo está ahora? -pregunté.
-Esa es precisamente la pregunta que le hubiera hecho -dijo míster Omer-, si no hubiera sido por un sentimiento de delicadeza.
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