David Copperfield (Charles Dickens) - pág.322
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Me pareció que mistress Steerforth se arrepentía de su pequeño impulso, pues añadió enseguida con bondad:
-Y bien, querida Rose; con todo esto no nos has dicho el motivo de tus preocupaciones.
-¿El motivo de mis preocupaciones? -replicó con una frialdad impacientante-. ¡Oh! Me preguntaba únicamente si personas cuya constitución moral se parece... ¿es esa la expresión?
-Es una expresión como otra -dijo Steerforth.
-¡Gracias!... Si personas cuya constitución moral se asemeja se encontrarían más en peligro que otras en el caso de que una causa seria de división surgiera entre ellas, y les separaría un resentimiento más profundo y duradero.
-Sí, seguramente -dijo Steerforth.
-¿De verdad? -replicó ella-. Pero veamos, por ejemplo... se pueden suponer las cosas más absurdas... Suponiendo que tú tuvieras con tu madre una querella seria...
-Mi querida Rose -dijo mistress Steerforth riendo alegremente-, debías haber inventado cualquier otra suposición. Gracias a Dios, James y yo sabemos demasiado bien lo que nos debemos el uno al otro.
-¡Oh! -dijo miss Dartle bajando la cabeza con aire pensativo-. Sin duda; eso es suficiente. Pre... ci... sa... mente. Pues bien; me alegro mucho de haber hecho esa pregunta; al menos tengo la tranquilidad de estar ahora segura de que saben ustedes demasiado bien lo que se deben el uno al otro para que nada pudiera suceder jamás. Muchas gracias.
No quiero omitir una pequeña circunstancia relativa a miss Dartle, pues más tarde tuve razones para recordarla, cuando el irreparable pasado me fue explicado. Todo el día, y sobre todo a partir de aquel momento, Steerforth desplegó sus cualidades, con la naturalidad que no le abandonaba nunca, para atraer a aquella singular criatura, hacerle que gozara de su compañía y a que fuera amable con él. No me sorprendió tampoco ver a miss Dartle luchar al principio contra su seducción, pues sabía que estaba llena de prejuicios y de terquedad. Vi sus modales y su fisonomía cambiar poco a poco; vi que le miraba con una admiración creciente; vi que hacía esfuerzos cada vez más débiles, pero siempre con cólera, como si se reprochara su debilidad para resistir a la fascinación que ejercía sobre ella; por fin vi sus miradas irritadas dulcificarse, su sonrisa aflojarse, y el terror que me había inspirado todo el día se desvaneció. Sentados al lado del fuego, estábamos todos charlando y riendo juntos, con una naturalidad de niños.
No sé si fue porque era tarde o porque Steerforth no quería perder el terreno que había ganado, el caso es que no permanecimos en el comedor más de cinco minutos después de su marcha.
-Toca el arpa -dijo Steerforth en voz baja al acercamos a la puerta del salón-; creo que hace lo menos tres años que nadie la ha oído más que mi madre.
Dijo aquellas palabras con una sonrisa extraña, que desapareció enseguida, y entramos en el salón. Estaba sola.
-No te levantes -dijo Steerforth deteniéndola-. Vamos, mi querida Rose, ¡sé amable una vez y cántanos una canción irlandesa!
-¡Mucho te importan las canciones irlandesas! -replicó ella.
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