David Copperfield (Charles Dickens) - pág.321
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Y el extremo de su labio se levantó con aquella expresión de desdén o de piedad. Se tapó la boca con la mano apresuradamente (una mano tan fina y delicada que cuando yo le había visto extenderla ante su rostro para preservarlo del fuego, la había comparado en mi imaginación con la más fina porcelana) y me dijo con viveza en un acento conmovido y apasionado: «Le prometo guardar secreto de esto»; después no añadió ni una palabra más.
Mistress Steerforth no se había sentido nunca más dichosa de la compañía de su hijo que aquel día, pues precisamente Steerforth nunca había estado mas cariñoso y deferente con ella. A mí me interesaba vivamente verlos juntos, no sólo a causa de su afecto mutuo, sino también a causa del parecido sorprendente que existía entre ellos, pues la única diferencia era que la altivez y la ardiente impetuosidad del hijo, por la diferencia de edad y de sexo, se convertían en la madre en una dignidad llena de gracia. Más de una vez había pensado yo que era una felicidad tal que nunca hubiera provocado entre ellos una causa seria de disgusto, pues aquellas dos naturalezas, o mejor dicho aquellos dos matices de la misma naturaleza, habrían sido más difíciles de reconciliar que los caracteres más opuestos. Debo confesar que esta idea no se me había ocurrido a mí, ni es fruto de mi imaginación, pues se la debía a Rose Dartle.
Estábamos comiendo cuando nos preguntó:
-¡Oh!, dígame, se lo ruego, a ver si me aclara una duda que me ha preocupado toda la tarde y que desearía saber.
-¿Qué es lo que querrías saber, Rose? -preguntó mistress Steerforth. No seas tan misteriosa, te lo ruego.
-¡Misteriosa! -exclamó-. ¡Oh! ¿De verdad? ¿Me encuentra usted misteriosa?
-¿No me paso la vida pidiéndote -dijo mistress Steerforth- que te expliques abiertamente y con naturalidad?
-¡Ah! ¿Entonces es que no soy natural? -replicó-. Pues bien; le ruego que tenga un poco de indulgencia, pues si hago preguntas es sólo por instruirme. Nunca se conoce uno bien a sí mismo.
-Es una costumbre que se ha convertido en ti en una segunda naturaleza -dijo mistress Steerforth, sin dar el menor signo de descontento-; pero yo recuerdo, y tú también debes recordar, que en otros tiempos eras muy distinta, Rose, menos disimulada, más confiada.
-¡Oh! Realmente tiene usted razón; pero las malas costumbres se hacen inveteradas. ¡De verdad! ¡Menos disimulo y más confianza! ¿Cómo habré cambiado poco a poco?, es lo que me pregunto. Es muy extraordinario; pero es igual, lo esencial es que vuelva a ser como antes.
-Sí que me gustaría-dijo mistress Steerforth, sonriendo.
-¡Oh! Lo conseguiré, ¡se lo aseguro! -respondió ella-. Aprenderé la franqueza, veamos... ¿de quién?... ¿De James?
-No podrías aprenderla en mejor escuela, Rose -dijo mistress Steerforth vivamente, pues todo lo que Rose Dartle decía tenía un matiz de ironía que aparecía a través de su sencillez afectada-. En cuanto a eso, estoy bien segura -dijo con un ardor desacostumbrado-. Si hay algo en el mundo de lo que estoy segura, sabes que es de eso.
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